Mi padre, que se había pasado toda la noche anterior en vela, fue el primero en quedarse dormido. Solo entonces comencé yo a dar cabezadas. Ni me di cuenta de que mi madre también se había echado sobre la cama. No sé cómo lo hicimos para caber los tres en una cama tan estrecha como la mía; quizá no se cayó nadie porque todos los protagonistas de las historias de mi madre permanecieron aquella noche a nuestro alrededor y nos sostuvieron con sus brazos. Y allí estábamos los tres, dormidos, y sobre nosotros relucía mi maravilloso cielo. Y pasó mucho tiempo antes de que se apagara, antes de que tuviera que buscarme otro cielo y después, otro más, y así hasta el día en que encontrara aquel que, con un poco de suerte, ya nunca se apagaría.
En "Steiner", de Martin Fahrner. Sajalín Editores

No hay comentarios:
Publicar un comentario