sábado, 28 de abril de 2012

CHILAVERT 3.0. (UN AMAGO DE ENTREVISTA. PARTE 2)


Reconozco que acudo con la mosca detrás de la oreja al que va a ser mi último encuentro con el poeta J. M. Chilavert, no tanto porque me haya citado en el Museo Arqueológico como porque (desconfiado) he consultado en el periódico los horarios y, tal y como temía, los lunes suele estar cerrado. Pese a todo decido acercarme hasta allí, y para mi sorpresa lo encuentro abierto (1). De Chilavert (una vez más) no hay ni rastro, pero como el museo es gratis y lo han reformado hace poco decido entrar a echar un vistazo. Ya comentamos en la entrada anterior que nuestro protagonista se ganaba unos euros extras repartiendo churros a domicilio, (trabajo que, según tengo entendido, compagina como puede con el de auxiliar de enfermería en una residencia geriátrica), pero cuando media hora más tarde me topo con él (embutido en un ajustado uniforme azul marino que le sienta como el culo), vigilando la sala de “Creencias religiosas y ritos funerarios”, me quedo más de piedra que las antigüedades que custodia.
 ―Bueno―me dice ―, de algún modo hay que ganarse la vida…
 La pregunta, llegado a este punto, es evidente: Si este tío trabaja por las noches en la residencia, repartiendo churros por las mañanas, y como vigilante en el arqueológico por las tardes, ¿cuándo coño duerme?



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Poco antes de salir del museo (y a pesar de que, en su momento, Chilavert me ha dejado muy claro que no quiere que le tome fotografías (2)), me armo de valor y consigo retratarlo sin que se dé cuenta. El resultado es esta mierda:


Ya en la calle los dos nos quedamos parados, sin saber qué decir. “¿Te apetece cenar?”, pregunta mientras se enciende un cigarrillo, cuando el silencio entre ambos comienza a resultar incómodo.
 ―Bueno, pero he…he venido andando.
―No problem―dice, y echa a andar.
 Durante unos instantes busco con la mirada un coche, una moto, pero en lo que finalmente acabo montado es en la barra de una bicicleta oxidada y burdamente decorada con pegatinas de hojas de marihuana y de Bob Marley. Así, sentado de lado, me pasea por media Córdoba. Yo intento sobreponerme al sonrojo imaginando cómo será el lugar al que nos dirigimos. No sé, algún recóndito tugurio perdido en lo más profundo de la Judería, una diminuta bodega familiar donde voy a degustar manjares que me hagan olvidar todos los sinsabores de esta espeluznante entrevista (3). En su lugar (no podía ser de otra manera) Chilavert me lleva al Vial Norte, a un Foster´s Hollywood en el que, cuando quiero darme cuenta, estoy rodeado de pandillas de adolescentes y familias tardopeperas y progremodernas.
Tras darle mil vueltas a la carta me decido por una Le Grand Chef burger. Chilavert, entretanto, no para de hablar. No dedica ni un segundo al menú, pero cuando llega el camarero para tomar nota levanta la vista y empieza a pedir platos como si en aquella mesa fuéramos a comer cinco o seis personas.
―La cena es para mí la comida más importante del día ―dice, como disculpándose―. Piensa que de aquí a una hora me meto en la residencia y hasta mañana sin comer se hace muy largo…
Lo cierto es que este restaurante, además del apetito, parece haberle abierto las ganas de hablar a nuestro protagonista.


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Recuerdo haber comentado en alguna entrada anterior cómo Chilavert, después de un montón de años dando tumbos por este difícil mundo de la literatura, apenas si había conseguido ser incluido en una docena de libros colectivos en editoriales de tercera. Pues bien, esto (puedo confirmarlo ahora) no es del todo cierto. Según me cuenta (mientras engulle un plato tras otro con pasmosa rapidez) hubo una temporada en la que se buscó la vida (y, según parece, se la ganó bastante bien) a fuerza de presentar a un sinfín de concursos literarios obras de autores consagrados sutilmente reescritas por él.
―Básicamente, la idea era denunciar el alarmante nivel de incultura de la mayoría de los jurados literarios de este país ―me dice, al tiempo que se hurga con determinación una muela con la uña―.
―¡Pero eso debía ser un engorro tremendo! ―le digo―, porque luego tendrías que andar dando explicaciones a mucha gente y renunciando al dinero de los premios.
―¡Y una mierda! ―responde, soltando una carcajada espantosa que despide pedacitos de su Cheese Chicken burger por medio local (incluido mi pelo, mi oreja derecha y ―por triplicado― mi vaso de Pepsi) ―. Que lean más. No te jode…

(Fotografía parcial de J. M. Chilavert, ya sin el uniforme de vigilante, obtenida mientras éste que escribe simulaba fotografiar su hamburguesa con la excusa de enseñársela luego a su hija)

Por más que insisto, no consigo que Chilavert confiese cuántos cuentos clásicos ha fusilado (o, como él dice, “ha hecho suyos”), y mucho menos cuánto dinero se ha embolsado con estas “curiosas operaciones de maquillaje”. Tampoco si lo que me está contando es cosa del pasado, o si sigue haciéndolo en la actualidad. Lo que sí logro es que me cuente cómo empezó todo.
―Fue con “Dos hermanas”, el genial aunque poco conocido cuento que abre Dublineses, de James Joyce. Yo andaba por entonces más tieso que la mojama. Me pasaba el día sableando a los amigos, abusando de la familia. Una noche, borracho como una cuba, comencé a leer este cuento y, sin darme cuenta, casi por diversión, comencé a cambiarle los nombres a los personajes. Todo sonaba tan bien y yo estaba tan desesperado que cogí el ordenador y empecé a reescribirlo, ambientando sutilmente la trama en una conocida zona de la ciudad donde se organizaba un importante concurso al que deseaba presentarme. Al día siguiente, todavía bajo los efectos de una de las peores curdas que he cogido en mi vida, fui a Correos y lo mandé. No volví a acordarme del cuento nunca más, hasta que cinco meses después recibí una llamada en la que me anunciaban que acababa de ganar el Primer premio. 1500 euros pá la saca y un fin de semana gratis en un hotel de puta madre en plena Costa del Sol.
―Pero…
―Jajaja…Mira, Almohada, aquí en España hasta el último gilipollas presume de haber leído el Ulises, pero a la hora de la verdad lo más profundo que ha ojeado es El tiempo entre costuras. La cuestión es que si toda esa gente que dice haber leído a Joyce en realidad no tiene ni puta idea de quién es Leopold Bloom, cómo coño va a saber de qué va Retrato del artista adolecente. Y mucho menos un cuento perdido de Dublineses. Lo que quiero decir con todo esto es que el mundillo literario está lleno de “yolandinos”, pretenciosos del tres al cuarto que no han leído un libro de verdad en su puñetera vida. Todos ellos son, a fin de cuentas, simples desgastadores de tapas, paseadores de tochos inmortales por cuanta presentación caiga en su radio de alcance, sin otro objetivo en la vida que dejar que los demás vean lo listos que aparentan ser, cuando la verdad es que se pasan las noches viendo Telecinco o pajeándose como macacos detrás de la ventana, mientras espían a la vecina cuarentona que tiende la ropa en camisón.
Un camarero se para ante nosotros.
―¿Le traigo otra Pepsi, caballero? No sé si sabe que el refill es gratis. ..
―¡Gratis! ¡Y una mierda gratis! Me venís con el cuento de que pagas una y te tomas las que quieras, pero luego en la cuenta me sangráis más de 3 euros por una porquería de agua carbonatada con regusto a Pepsi que va a tenerme tres días sentado en el váter, cagándome por la pata abajo cada cinco minutos.


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Pocos minutos después el camarero (todavía con la cara roja como un tomate por la vergüenza) se presenta con el combo de postres que ha pedido Chilavert. Al verlo estoy tentado de gritar. No en vano ocupa casi media mesa.
Mientras me repongo del susto formulo a Chilavert la que tal vez sea la pregunta cuya respuesta más me intriga: ¿Cómo diablos espera ganar alguna vez un concurso literario presentando la mierda de  poemas y microrrelatos que escribe, plagados hasta la saciedad de groserías y obscenidades? También, si alguna vez se ha parado a pensar en la cara que se les debe de quedar a los jurados de todos esos certámenes literarios en los que participa cuando empiezan a leer sus textos.
Con más de doscientos gramos de nata repartidos entre sus labios, barbilla y (lo juro) las dos cejas, J. M. Chilavert me confiesa que todo eso se la pela, que él no sabe escribir de otra forma y que no se puede gustar a todo el mundo. Yo pienso si la cuestión no será, simplemente, llegar a gustarle de verdad a alguien, pero en su lugar le pregunto si alguna vez ha ganado un concurso de forma limpia.
Chilavert sonríe, sin bajar la mirada del combo de postres, y afirma que sí, que ha ganado bastantes (¿?). El último de poesía.
Poesía amorosa.
Erótica.
―Vi las bases en Internet, por casualidad, cuarenta minutos antes de que finalizara el plazo de recepción de originales. Y, aunque parezca mentira, en ese momento no tenía escrito ni un solo poema erótico que se adaptara a las características del concurso. Cuentos guarros sí. Cientos. Entre ellos uno muy bestia de unas seiscientas palabras que escribí en Málaga, en 1995, una noche que andaba hasta el culo de mojitos, en un piso de estudiantes repleto de tías buenas que (inexplicablemente) acabaron follando con otros. En un primer momento pensé en colar el cuento como “prosa poética”. Así, sin más. Pero luego, justo cuando estaba a punto de enviarlo (no serían menos de las 23:45) me vino a la cabeza el término “poema visual”. El problema es que, entre que soy un negado para la informática y que los minutos volaban, no se me ocurrió otra idea mejor que dibujar con un rotulador un puto corazón sobre la pantalla del ordenador. Luego, con el espaciador, a duras penas, fui ajustando como pude el texto hasta que éste adoptó la forma de ese corazón. Resumiendo: una mierda. Y de las gordas. Máxime cuando, minutos después, al intentar borrar el corazón de la pantalla, caí en la cuenta de que el rotulador que había utilizado era el permanente que suelo usar para rotular los deuvedés de las películas que me bajo ilegalmente de Internet. Dos meses después se falló el premio y lo gané. Ex aequo (no se puede ser más desgraciado, para un concurso que gano). Con lo que pillé ―dice, apurando los miligramos de chocolate y nata que todavía hay esparcidos por la bandeja del postre―, no tuve ni para comprarme una pantalla nueva.



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―¿En qué andas trabajando últimamente?
―Bueno, digamos que tengo bastante avanzada una nueva novela.
―¿Podrías avanzarnos algo? ¿Tienes ya un título para ella?
―17.
―¿17?
―Es la decimoséptima novela que escribo. Como ninguna editorial va a publicarla, es de idiotas perder el tiempo buscando un título.
―(…)
―Lo que sí puedo es contarte cómo empieza.
Y nos regala el inicio:

“Se pasa las noches viendo porno. Pajeándose sin piedad. Imaginando que es él quien está encima de una guarra japonesa que chilla como si la estuvieran partiendo en canal, que es suya la polla que una zorra mulata se está tragando hasta la mismísima frontera de sus cojones”.


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Podría acabar esta entrevista diciendo que al final (como era de esperar) Chilavert se las apaña para escaquearse del restaurante sin pagar. Decir, por ejemplo, que se refugió en el cuarto de baño en cuanto vio acercarse al camarero con la cuenta. O que simuló con gran solvencia haber olvidado la cartera en la taquilla del Arqueológico. Sin embargo, no puedo hacerlo. Estaría faltando a la verdad. Pues lo cierto es que no tengo que invitarlo.
Ahora bien, él tampoco me invita.
―A pachas, tío, que la vida está muy cara ―me dice, dejando un billete sobre la cuenta.
Una vez en la puerta del Foster´s le estrecho la mano y nos despedimos, no sin antes pedirle permiso para incluir alguna de estas conversaciones en mi blog.
―Por mí como si escribes una novela con mi puta vida de mierda.
Allí, viéndolo marchar montado en su horrible bicicleta, camino del trabajo, pienso en todo lo vivido durante este par de días a su lado.
Y le tomo la palabra…

NOTAS:
(1)  Según me informan en la taquilla, el museo ha abierto excepcionalmente este lunes para atender a los turistas que visitan en masa la ciudad de Córdoba durante la Semana Santa.
(2)  La verdad, no consigo entender las razones que tendrá para no querer ser retratado. Después de todo no serían más que fotografías de un tipo que nadie conoce en un blog que nadie lee.
(3)  En especial, los hechos acontecidos en la sala 3X tras el partido de fútbol del domingo, los cuales (como habrán observado) he evitado mencionar en esta entrada. Sólo espero que entiendan mi deseo de no compartir con ustedes algo que quisiera olvidar y que, por desgracia, sé que me perseguirá mientras viva.

viernes, 6 de abril de 2012

CHILAVERT 3.0. (UN AMAGO DE ENTREVISTA. PARTE 1)

(Lo que van a leer ustedes a continuación es la primera de las dos partes en las que he intentado resumir los cuatro encuentros que un servidor ha mantenido recientemente en Córdoba con el poeta y narrador J. M. Chilavert. En concreto durante los días 1 y 2 de abril).


PRIMER ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 9:00 AM
Si hay una característica que define a la perfección a J. M. Chilavert es que con él nada es lo que parece. De ahí que cuando hace unos días me pidió mi dirección en Córdoba para, acto seguido, anunciarme que se pasaría por mi piso el próximo domingo a las 8:45 de la mañana (sí, han leído bien, a las 8:45 de la mañana), no supiera muy bien si mandarlo a la mierda o darle las gracias por acceder a reunirse tan prontamente conmigo. Esta sensación ambigua y desconcertante se acentuaría días más tarde, nada más abrirle la puerta, en la que ha sido (digámoslo así) la entrevista más insípida y fugaz que jamás le he hecho a nadie en mi vida.
 Apenas treinta segundos.
 El tiempo justo para descubrir:
    1.   Que la puntualidad no es precisamente el punto fuerte de Chilavert (El tipo se presenta pasadas las 10:30…).
   2.  Que nuestro poeta y narrador se saca un sueldo extra de jueves a domingo como repartidor de churros a domicilio (…vestido con una gorra y una cazadora amarillo-verdosa de “TeleChurro”…).
   3. Que parece que el domingo se le ha complicado en el último momento, de forma inesperada (… para preguntarme si podemos posponer nuestro encuentro hasta las doce).

En su descargo he de decir que, antes de marcharse, Chilavert se marca un detalle:
―Toma ―me dice, tendiéndome una enorme y aceitosa bolsa de papel repleta de jeringos―. Por la espera.
Eso sí, de literatura, como ya habrán adivinado, nada de nada…


SEGUNDO ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 12:00 AM
Con la lección todavía no aprendida y mi barriga sufriendo de lleno los primeros efectos del “churro palanca” (1) me presento en la Iglesia de San Nicolás de la Villa, unos minutos antes del mediodía. A su alrededor hay congregados un gran número de ciudadanos  y componentes de una banda de música. 

Reconozco que, visto lo extravagante de mi primer encuentro con el poeta, fantaseo durante unos instantes con la posibilidad de que Chilavert cambie su atuendo y se presente a esta segunda cita vestido de músico. “Este cabrón”, pienso al tiempo que miro nervioso hacia un lado y el otro, “es capaz de tenerme toda la procesión detrás de él, mientras toca el tambor o la corneta”. Mis temores, sin embargo, no sólo no van a disiparse sino que se acrecientan cuando (casi media hora después, con la procesión a punto de comenzar) Chilavert aparece vestido de nazareno. Pueden ustedes creerme o no, pero el caso es que el tipo se las ingenia para tenerme hasta casi las tres pegadito a su túnica, en una actitud que a mí me recuerda a la de esos críos que en Semana Santa pululan alrededor de los nazarenos en busca de cera con la que confeccionar una bola de proporciones mayores que las de sus compañeros. Mentiría si les dijera que durante todo ese periodo de tiempo al menos consigo hablar de los proyectos literarios de Chilavert. Muy al contrario, el tipo va a dedicar cada una de las numerosas paradas de la procesión a contarme con pelos y señales un novedoso estudio que acaba de concluir un gran amigo suyo, apodado “Séneca”, acerca de la cuantificación de la felicidad absoluta en la era globalizadora. Cuando al fin consigo escaquearme (con la excusa de que en casa ya deben de tener mi plato puesto en la mesa desde hace rato) Chilavert introduce su mano derecha por debajo de la túnica y me entrega una entrada arrugada y doblada en cuatro partes. “Pásate por allí esta tarde”, me dice, “a ver si por fin podemos hablar con más tranquilidad…”.
(Recorte del diario Córdoba del lunes 2 de abril, enviado por Chilavert a un servidor vía email. En él (según el esquema de J. M.) aparecemos señalados los dos en plena “conversación” durante la procesión de la Borriquita).


TERCER ENCUENTRO: DOMINGO, 1 DE ABRIL. 20:00 PM

La primera cuestión que me viene a la mente, mientras espero sentado la llegada de Chilavert, es cómo diablos se las ingeniará mi entrevistado para conseguir hablar con más tranquilidad en el Fondo Sur de un estadio abarrotado con casi veinte mil personas. 

No ayuda mucho a responder mi duda el hecho de que, cuando al fin llega (cómo no, tarde), lo hace acompañado de tres amigos:
      ·   El ya famoso Séneca (que además de pensador “freelance” se gana la vida como agente judicial en no sé cuál juzgado).
     · Alf  (según parece, el único casado y padre de familia del grupo. Por lo visto está en paro, sale a todas horas en los periódicos (???), y es especialista en opositar a oposiciones que, como dice Chilavert “nunca salen, y cuando salen nunca aprueba”)
     ·   Otro tío cuyo nombre no recuerdo, pero que a sus treinta y pico todavía vive con su madre y trabaja como charcutero en un hipermercado a las afueras de Córdoba.
Pese a todo, a medida que el encuentro avanza, y entre cánticos de gran sustrato intelectual (como “árbitro cabrón” o “ese linier, qué hijoputa es”), Chilavert comienza a compartir conmigo algunas migajas de lo que, según él, es su “poética y personalísima forma de entender la literatura y la vida”, al tiempo que deja entrever la que, sin duda, representa su influencia literaria capital:
―Bukowski, tío. Siempre Bukowski. Ese cabrón sí que sabía…
J. M. Chilavert deja la frase así, en el aire, y es justo en ese momento, mientras el Córdoba da buena cuenta del Hércules, cuando empiezo a tomar conciencia de que lo que este personaje anhela en el fondo es ser un escritor maldito. Después de todo, qué diablos lleva haciendo desde hace años si no es garabatear en cuadernos de cuadritos cientos de poemas y novelas interminables en las que Martin Schickler (su casposo y cutre alter ego) se pasa el día y la noche entera bebiendo y follando con todas las cordobesas y guiris que se cruzan en su camino. El problema (básicamente) es que ni Chilavert escribe como Bukowski, ni (por lo que empiezo a intuir) vive, bebe o folla como Bukowski. Yo, en confianza, creo que J. M. Chilavert sabe todo esto (en el fondo tiene que saberlo). Como también sabe que no terminará jamás una novela, que todas esas historias que cada noche sueña que escribe llevan ya demasiados años atascadas por la misma página.
Poco antes de que finalice el partido, Chilavert me mira y me pregunta a bocajarro si creo en el destino. “Bueno, no sé…”, balbuceo. “¿Por qué lo dices?”
Chilavert me señala con los ojos el respaldo de la butaca de más abajo.

Cuando quiero decir algo, ya es demasiado tarde.

NOTAS:
(1): En breve colgaré en el blog una entrada en la que hablo largo y tendido acerca de esta modalidad endémica de preparación e ingesta de churros, transmitida y perfeccionada en el seno de mi familia desde hace más de cinco generaciones.

viernes, 23 de marzo de 2012

CHILAVERT 2.0. (SELECCIÓN POÉTICA)

Hoy dejamos revoloteando por este páramo tres poemas incluidos en “Porciones de 0”, el más reciente libro del autor andaluz J. M. Chilavert. De ser ciertos los rumores que circulan por los bajos fondos literarios cordobeses, este poemario habría sido rechazado en los últimos cinco o seis meses por más de treinta editoriales, y habría sido presentado por su autor (con idéntico y desolador resultado) a cerca de cincuenta certámenes poéticos nacionales e internacionales. Es de suponer que una lectura reflexiva y pausada de estos versos ayudará a más de un inquieto lector a entender los desconcertantes motivos de tan descomunal descalabro. 

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(13)


Anhelo tus peras enormes, 
tu prieto chumino, 
tus labios que lamen mi glande 
y el de mi vecino.

Añoro tu ojete asimétrico,
tu ombligo aceituno,
las tardes perdidas oyendo
"songs" de Torrebruno.

(Y la mañana, etérea,
nos sorprende con olor
a pan recién amasado.
Mi polla en tu boca se funde
como si fuera un helado).

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(47)

Vilmente hundido en la treintena
mantengo a flote la ilusión
de comerte a dos carrillos
tu chochete de ocasión.

Vulva rubia y palpitante.
Estertórico rincón
donde guardas, ¡qué tunante!
tu telúrico calor.

Mil heridas vaginales
atestiguan la pasión
que has sufrido entre tus piernas
y este espástico colchón.

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(62)

Las campanas de la iglesia
hacen tolón tolón
cada vez que tu boca de fresa
se zampa mi macro pollón.

Me pirran tus pechos enhiestos,
tu boca, cuando hace glu-glú.
Me gusta partirte a pollazos
tu ojete de tiramisú.

Azul es tu mirada oceánica.
Negra tu melena anal.
Naranja tus bragas de encaje.
Rosita tu vulva de sal.

Mi polla no atiende a colores,
Mi rabo se muere por ti.
Te abro y reviento a pollazos
tu raja de añil frenesí.

viernes, 16 de marzo de 2012

"MI POLLA EN TU BOCA", DE J. M. CHILAVERT


“Esperma a raudales” es el enigmático y ambiguo título que el narrador y poeta J. M. Chilavert (Córdoba, 1976) ha puesto al microrrelato con el que, una vez más, ha vuelto a fracasar en su intento de alzarse con la victoria en un importante concurso internacional (y ya van…). Lo cierto es que, tras varios años como incansable trotamundos por el circo de los certámenes literarios, Chilavert apenas si ha conseguido que lo incluyan en nueve o diez libros colectivos (modestas antologías publicadas en editoriales de tercera, sin otra aspiración u objetivo que aportar unos duros al editor y/o alimentar el ego de (como él) cientos de escritores mediocres y fracasados, incapaces de redactar algo medianamente decente). Lo que, en su caso, no es poco, pues basta con leer unas cuantas líneas de su (por otro lado) extensa (e inédita) obra para preguntarse cómo diablos habrá conseguido este individuo que alguna editorial (alguna vez) se haya dignado a publicar un poema o cuento suyo. Y es que, si tomamos como muestra  de su producción literaria el microrrelato cuyo título encabeza esta entrada (incluido en su último libro de cuentos “Mi polla en tu boca” y que, aunque breve, les aseguro que representa con fidelidad los derroteros estilísticos y conceptuales por los que desde hace casi dos décadas transita este autor), observaremos con estupor cómo aproximadamente el sesenta por ciento de las ciento treinta y seis palabras que lo integran está compuesto por vocablos como “polla”, “rabo”, “jiguillo” u ojete, amén de expresiones tan elocuentes y explícitas como “calla y chupa, zorra” o “te voy a restregar toda la cebolleta”. Hay quien afirma que J. M. Chilavert es un claro exponente del realismo más sucio. Para la inmensa mayoría de la minoría que lo ha leído, sin embargo, la literatura que fabrica este autor es, simplemente, literatura de mierda. En lo que a mí respecta, qué quieren que les diga, prefiero recrearme en la expresión de profundo desconcierto que (de tarde en tarde) debe aflorar en el rostro de algún que otro jurado de concursos literarios cuando (desde cualquier rincón de España o Latinoamérica) abre uno de los sobres que Chilavert está mandando a todas horas y se da de bruces con alguno de los textos incluidos en “Mi polla en tu boca”.

lunes, 30 de enero de 2012

LECTURAS EN EL BAÑO (ENERO 2012)



Todos los años lo mismo. Se acerca febrero y el ritmo de mis lecturas disminuye al tiempo que se incrementan las horas dedicadas al estudio de las asignaturas. Curiosamente, vengo observando que a medida que mis días se sumergen en remotas etnografías y manuales interminables mi escaso tiempo libre va decantándose hacia la poesía. No sé, es como si la antropología correlacionara positivamente con ésta. O puede que todo sea una simple cuestión de brevedad. En cualquier caso, ahí van los libros que actualmente alivian mi mente mientras alivio mi vientre:
 (“Loser”, de David González. Editorial Bartleby)
(“Los hijos de los hijos de la ira” de Ben Clark. Editorial Hiperión)
(“Primer cancionero flamenco”, de Manuel Balmaseda. Editorial Zero)
(“In absentia”, de Autores Varios. Nanoediciones)

Tanto “Loser”, de David González, como “Los hijos de los hijos de la ira” de Ben Clark son dos poemarios que quería leer desde hace tiempo. Los nombres de sus autores salieron a relucir mientras buscaba en Internet información sobre un movimiento que había despertado mi curiosidad: la poesía de la conciencia. Dejo a continuación algunos poemas de ambos:

(DAVID GONZÁLEZ, 1964)

ARS POLÍTICA

los políticos
estrechan la mano
pero no la dan


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HOMBRES

            los que mandan
los que obedecen
y          los que huyen

            los que luchan no:

            los que luchan
            si vencen
            mandan
y          si salen derrotados
            obedecen

los que luchan no:

los que mandan
los que obedecen
y          los que huimos


(BEN CLARK, 1984)

No es este el paraíso prometido
Y, sin embargo ¿quién se ha dado cuenta?

******

IV
(Anxiety)
Ocurre exactamente en el instante
mismo en el que
mirando los columpios
ya no logramos ver más que esqueletos.
Es entonces que ocurre:
escuchamos el eco de unas tripas
y un respirar paciente,
ahogado.
Como si alguien quisiera que supiéramos
que está allí,
esperando,
devorado
por un hambre que sabe saciará
el mismo día que muera nuestro miedo.


“Primer cancionero flamenco”, de Manuel Balmaseda, es uno de esos libritos que un día pedí prestado a mi padre y que el pobre ya no ha vuelto a ver. Se entiende pues que me gusta. Y mucho. Ahí va una muestra:

Te tengo comparaita,
Con un librito cerrao,
Si no lo abro no leo,
Lo mucho que hay ahí guardao.

******

Me muero por su queré,
Y dice que quiero poco,
Lo que quiere esa mugé,
Es que yo me guerva loco.

******

¡Mira si mi pena es grande,
Que yo me puse a llorá,
A la orillita de un río,
Y el agua quedó pará!


“In absentia”, por su parte, es una plaquette exquisitamente maquetada por Nanoediciones. Todavía no he leído mucho de ella, pero sí lo suficiente para preguntarme cómo narices habrá conseguido el inútil de mi heterónimo que lo incluyan en ella. Podría poner aquí alguno de sus poemas, pero mejor me abstengo (que luego quien lo aguanta soy yo).
Y poco más. Afortunadamente, el 15 de febrero las aguas volverán a su cauce…

sábado, 7 de enero de 2012

DE NADALES Y PLANETAS

La pasada madrugada, con motivo de la concesión del Premio Nadal 2012 a Álvaro Pombo, entré en la Wikipedia y eché un vistazo a los veinticinco o veintiséis últimos ganadores de este certamen. También consulté los veinticinco o veintiséis últimos ganadores del Planeta. Sobra decir que estos dos concursos son (exceptuando algún que otro premio institucional como el Cervantes) dos de los premios literarios más importantes (y mejor remunerados) del país. Esta es la relación de vencedores:

ÚLTIMOS GANADORES DEL PREMIO NADAL:
1986 - Manuel Vicent, por “Balada de Caín”.
1987 - Juan José Saer, por “La ocasión”.
1988 - Juan Pedro Aparicio, por “Retratos de ambigú”.
1989 - No se concedió.
1990 - Juan José Millás, por “La soledad era esto”.
1991 - Alfredo Conde, por “Los otros días”.
1992 - Alejandro Gándara, por “Ciegas esperanzas”.
1993 - Rafael Argullol, por “La razón del mal”.
1994 - Rosa Regàs, por “Azul”.
1995 - Ignacio Carrión, por “Cruzar el Danubio”.
1996 - Pedro Maestre, por “Matando dinosaurios con tirachinas”.
1997 - Carlos Cañeque, por “Quién”.
1998 - Lucía Etxebarria, por “Beatriz y los cuerpos celestes”.
1999 - Gustavo Martín Garzo, por “Las historias de Marta y Fernando”.
2000 - Lorenzo Silva, por “El alquimista impaciente”.
2001 - Fernando Marías, por “El niño de los coroneles”.
2002 - Ángela Vallvey, por “Los estados carenciales”.
2003 - Andrés Trapiello, por “Los amigos del crimen perfecto”.
2004 - Antonio Soler, por “El camino de los ingleses”.
2005 - Pedro Zarraluki, por “Un encargo difícil”.
2006 - Eduardo Lago, por “Llámame Brooklyn”.
2007 - Felipe Benítez Reyes, por “Mercado de espejismos”.
2008 - Francisco Casavella, por “Lo que sé de los vampiros”.
2009 - Maruja Torres, por “Esperadme en el cielo”.
2010 - Clara Sánchez, por “Lo que esconde tu nombre”.
2011 - Alicia Giménez Bartlett, por “Donde nadie te encuentre”.
2012 - Álvaro Pombo, por “El temblor del héroe”.


ÚLTIMOS GANADORES DEL PREMIO PLANETA:
1986 - Terenci Moix (España), por “No digas que fue un sueño”.
1987 - Juan Eslava Galán (España), por “En busca del unicornio”.
1988 - Gonzalo Torrente Ballester (España), por “Filomeno, a mi pesar”.
1989 - Soledad Puértolas (España), por “Queda la noche”.
1990 - Antonio Gala (España), por “El manuscrito carmesí”.
1991 - Antonio Muñoz Molina (España), por “El jinete polaco”.
1992 - Fernando Sánchez Dragó (España), por “La prueba del laberinto”.
1993 - Mario Vargas Llosa (Perú), por “Lituma en los Andes”.
1994 - Camilo José Cela (España), por “La cruz de San Andrés”.
1995 - Fernando G. Delgado (España), por “La mirada del otro”.
1996 - Fernando Schwartz (España), por “El desencuentro”.
1997 - Juan Manuel de Prada (España), por “La tempestad”.
1998 - Carmen Posadas (España), por “Pequeñas infamias”.
1999 - Espido Freire (España), por “Melocotones helados”.
2000 - Maruja Torres (España), por “Mientras vivimos”.
2001 - Rosa Regàs (España), por “La canción de Dorotea”.
2002 - Alfredo Bryce Echenique (Perú), por “El huerto de mi amada”.
2003 - Antonio Skármeta (Chile), por “El baile de la Victoria”.
2004 - Lucía Etxebarria (España), por “Un milagro en equilibrio”.
2005 - Maria de la Pau Janer (España), por “Pasiones romanas”.
2006 - Álvaro Pombo (España), por “La fortuna de Matilda Turpin”.
2007 - Juan José Millás (España), por “El mundo”.
2008 - Fernando Savater (España), por “La Hermandad de la Buena Suerte”.
2009 - Ángeles Caso (España), por “Contra el viento”.
2010 - Eduardo Mendoza (España), por “Riña de gatos. Madrid 1936”.
2011 - Javier Moro (España), por “El imperio eres tú”.
Como puede observarse, tras analizar ambas listas, algunos escritores incluso han obtenido durante este lapso de tiempo (1986-2011/2012) los dos galardones (entre paréntesis, primero el premio Nadal y segundo el premio Planeta):
·         Juan José Millás (1990 y 2007).
·         Rosa Regás (1994 y 2001).
·         Lucía Etxebarría (1998 y 2004).
·         Maruja Torres (2009 y 2000).
·         Álvaro Pombo (2012 y 2006).

O han estado en el meollo de alguno de ellos (Premio Planeta) en varias ocasiones:
  • Fernando Schwartz, ganador en 1996 y finalista en 1982.
  • María de la Pau Janer, ganadora en 2005 y finalista en 2002.
  • Fernando Savater, ganador en 2008 y finalista en 1993.
  • Angeles Caso, ganadora en 2009 y finalista en 1994.
Otra conclusión que puede extraerse de la lectura de ambas listas de galardonados es que todos los autores son muy conocidos (1). Obviamente, cuando digo conocidos me refiero a que ya lo eran antes de la concesión de estos premios, y no como consecuencia o resultado de la concesión de los mismos. Basta con echar un vistazo a estas listas para comprobar que la inmensa mayoría de los premiados (y numerosos finalistas) son gente muy conocida dentro del mundillo literario o (últimamente, sobretodo) salen en la tele.

Cualquiera puede presentarse al premio Nadal o al Planeta. Basta con tener escrita una novela y que ésta sea inédita. También ayuda mucho ser algo incauto. Y digo esto porque hace ya mucho que estos premios no tienen como objetivo descubrir autores nuevos a los lectores, sino sólo hacer dinero. De ahí que estos premios caigan siempre en manos de algún “valor seguro” (escritores importantes que ya publican en la editorial que les concede el premio, o que acaban de ser fichados por ésta, utilizando en ese caso el premio como trampolín para incrementar notablemente las ventas de su nuevo libro). Son, digámoslo de una manera suave, escritores “profesionales”, muy conocidos por los lectores, que aseguran a la editorial convocante un número de ventas elevado.

De modo que ciertas editoriales montan todos los años su concurso de paripé al que se presentan 400, 500 o 600 ilusos, y tras un proceso de criba y selección el jurado emite el fallo, que hace público y oficial lo que tanto el autor galardonado como la editorial ya sabían desde hace meses: que el premio estaba dado de antemano. Ya lo dijo muy clarito Miguel Delibes en 1984 (ver aquí), cuando Lara le ofreció ganar el Planeta (le vendió incluso la moto de que si aceptaba el premio todos (¡hasta la Literatura!) iban a salir muy beneficiados). Mi memoria es muy mala, pero creo que ese año también le ofrecieron el Planeta a Sábato, y que el galardonado resultó ser finalmente Cela (para colmo, con una novela que plagiaba con descaro la novela de otra concursante).

Lo cierto es que basta con echar un vistazo a la gala de uno de estos premios para comprobar que toda esa amalgama de empresarios, políticos y periodistas (2) que se reúnen allí no han hecho un stop en sus exclusivas y adineradas existencias sólo para disfrutar de la fiesta de la literatura. Muy al contrario, lo que los atrae a esa  fiesta es el negocio, la pasta, el poder y la influencia.

Pese a todo, soy de los que piensa que los lectores tienen siempre la última palabra. Cada uno lee los libros que quiere y con el tiempo adquiere la cultura literaria que se merece. En lo que a mí respecta, esas dos listas de premiados que insertamos al principio no me sirven de guía para descubrir qué autores leer. Muy al contrario, sospecho que en las ausencias que hay en ellas es donde tal vez se encuentren las claves de por dónde camina la literatura con mayúsculas.


NOTAS:

(1)   En mi caso, sólo desconocía el nombre de Alicia Giménez Bartlett, ganadora del Nadal el año pasado.

(2)   Además de algún que otro finalista iluso, que ha llegado esa mañana en autobús desde Palma del Río o La Solana (por poner dos ejemplos) con el sueño de convertirse esa noche en el flamante ganador de este importantísimo certamen.

jueves, 5 de enero de 2012

RADIOGRAFÍA DE UN DÍA CUALQUIERA (02)

6.50: Suena la alarma. Intento salir de la cama sin hacer ruido, para no despertar al enano, pero el móvil se me escurre de las manos y se hace trizas en el suelo. Es 31 de diciembre.


7:05: Tras pasar por el cuarto de baño y zamparme los dos primeros polvorones de chocolate que pruebo estas navidades, me siento en el comedor y comienzo a estudiar Etnología Regional. Subrayo tres artículos incluidos en “Temas de Etnología regional”, de Nuria Fernández Moreno (UNED. Madrid, 2004):

  • “Porcofilia y porcofobia”, de M. HARRIS (En HARRIS, M. 1974. Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura. Alianza. Madrid). Interesante estudio que intenta explicar por qué algunos pueblos aborrecen el cerdo mientras que otros lo aman. Harris sostiene que en la Biblia y el Corán se condena al cerdo y se prohíbe el consumo de su carne porque su cría constituía una amenaza real a la integridad de los ecosistemas naturales y culturales de Oriente Medio. Esas antiguas comunidades, que combinaban la agricultura con el pastoreo, apreciaban a los animales domésticos como las cabras, las ovejas o las vacas, porque les proporcionaban leche, queso, pieles, boñiga o tracción para arar, además de carne. El cerdo, en cambio, constituía un artículo de lujo, pues su explotación estaba encaminada a la única y exclusiva obtención de carne. Esto hace que el cerdo estuviera en clara desventaja frente a los rumiantes, mucho mejor adaptados al clima árido de estos lugares (de hecho, el cerdo, aunque es omnívoro, no puede subsistir sólo a base de hierba, y precisa de otros alimentos que, en el caso que nos ocupa, lo convertían en un claro competidor del hombre. Además, el cerdo no estaba bien adaptado termodinámicamente al clima caluroso y seco de las tierras de la Biblia y el Corán, no era una fuente de leche, y no era fácil conducir las piaras a través de grandes distancias). En el otro extremo Marvin Harris nos muestra una serie de comunidades que se caracterizan por su amor al cerdo. Un ejemplo de ellas es descrito por Ray Rappaport en su libro “Cerdos para los antepasados”, donde describe a un grupo tribal que habita en Nueva Guinea cuya existencia gira en torno a la cría y posterior sacrificio masivo de sus cerdos. Resumiendo mucho, los diferentes clanes locales celebran cada diez o doce años un festival de cerdos llamado kaiko (en el que se sacrifican y consumen la casi totalidad de los cerdos) al que sigue un periodo de guerra y posterior tregua, todo lo cual tiene como objetivo último la autorregulación de su ecosistema (mediante el ajuste del tamaño y distribución de la población animal y humana en función de los recursos disponibles y las oportunidades de producción).
  • “Capacidad mental del negro”, de V. BEATO GONZÁLEZ y R. VILLARINO ULLOA (En BEATO GONZÁLEZ, V.; VILLARINO ULLOA, R. 1953. Capacidad mental del negro. Instituto de Estudios Africanos. CSIC. Madrid). Desde mi punto de vista, un ejemplo claro de porqué la antropología española se encuentra a años luz de la americana, inglesa o francesa. Digamos que mientras gente como Evans-Pritchard, Malinowski, Radcliffe-Brown o Griaule se pateaban África o Asia, elaborando etnografías que hoy son míticas, en España nos dedicábamos a jugar a los boy scouts y a estudiar la capacidad mental de los negros de Guinea Ecuatorial, llegando a conclusiones tan científicas e inteligentes como estas: "el cerebro del blanco es más complejo que el del hombre de color"; "en determinados trabajos para los cuales se exige fuerza y docilidad son preferidos los negros; más si hace falta poner en juego la inteligencia, se utiliza al blanco"; "... en la agricultura, el producto obtenido por el negro es cualitativa y cuantitativamente peor que el del blanco, bien entendido que en el primer caso es cultivado directamente por el hombre de color, mientras en el segundo lo cultiva, pero bajo la dirección del blanco, ya que éste no trabaja en estas latitudes por impedirlo el clima". En definitiva, un texto llenito a rebosar de valoraciones etnocéntricas y una muestra perfecta de cómo el uso de categorías con contenidos claramente racistas y la aplicación de unos tests totalmente sesgados e inapropiados pueden llegar a justificar y legitimar científicamente como verdades las diferencias halladas entre las capacidades mentales de las personas blancas y negras.
  • “Shakespeare en la selva”, de L. BOHANNAN (En BOHANNAN, L. August-Sept. 1966. Traducción de FRANCISCO CRUCES. En VELASCO, M. H. (comp.) 1993. Lecturas de Antropología Social y Cultural. La cultura y las culturas. Cuadernos UNED. Madrid). Para mí, el mejor de los tres estudios, una muestra cristalina de los problemas y dificultades derivados de la traducción cultural durante el trabajo de campo. En este caso, la autora narra la tragedia de “Hamlet” a algunos miembros de una tribu de los Tiv (África Occidental), y constata asombrada cómo un texto que aparentemente desprende una significación universal, desde el punto de vista de los Tiv se particulariza ante la inexistencia de un significado cultural equivalente. Como afirma Fernández Moreno, podemos ver en este trabajo la apropiación de un discurso ajeno para adaptarlo al propio contexto cultural. Un par de ejemplos: para los Tiv el espíritu del rey de Dinamarca que se les presenta a Horacio y los centinelas no es un espíritu, sino un presagio enviado por un brujo. No es un fantasma porque en su cultura los muertos no regresan, de ahí que tenga que ser un zombi. También ven como natural algo que quema la sangre a Hamlet: que el hermano menor del rey muerto (el padre de Hamlet) se convierta en el nuevo rey y se case con la esposa de su hermano (la madre de Hamlet), pues eso es lo que normalmente se hace en su país (el hermano más joven se casa con la viuda de su hermana mayor, convirtiéndose así en padres de sus hijos).
10:25: Se levantan los enanos. Papillas, pañales, baños...

12:45: Nada más salir a la calle, en la cabina de teléfonos de la esquina, siento en los ojos una tremenda cuchillada que me deja aturdido durante un instante. 


Tal burrada me hace dirigir instintivamente la mirada hacia el suelo, pero lejos de aliviar mi desazón me deprimo aún más al constatar la cantidad ingente de mierda que hay esparcida o adherida en las aceras de Ciudad Jardín (chicles, cacas de perro, colillas, cáscaras de pipa, bolsas).

13:10: Llegamos a casa de mi hermana. Hace una buena mañana. Cojo al enano y me voy a darle un paseo por el Vial Norte. 


14:00: Voy con L. al supermercado de El Corte Inglés, a comprar tres o cuatro ingredientes que necesito para preparar los canapés de esta noche. De verdad, me encanta este sitio. Puede que vaya a Córdoba y no me acerque hasta Las Tendillas o la Judería. Pero el supermercado del Corte Inglés es parada obligatoria. Siempre. Primero, porque siempre encuentro lo que busco. Segundo, porque observar a la gente que deambula por los pasillos no tiene precio. A veces pienso que cualquier antropólogo en prácticas desarrollaría más su capacidad de extrañamiento en el supermercado de El Corte Inglés que en cualquier aldea perdida de Senegal o Melanesia.

15:00: Al salir de El Corte Inglés nos topamos con un tipo que no para de gritar: “canelones con mantequilla… pá tu tía”. A pesar de que la calle está atestada de gente, este sujeto ha conseguido crear una burbuja de espacio vacío alrededor suyo, que ningún viandante osa atravesar. Interesante.

15:10: En el bar que hay al lado del piso de mi hermana hay un curioso cartel con el que intentan atraer a posibles compradores de décimos.


Esto, para mí, es como decir que has quedado el veintisiete en el certamen de poesía de tu barrio, o que te encuentras entre los doce más listos de tu clase. 

15:15: Caliento en el horno tres trozos de pizza que me sobraron de anoche. Mientras veo cómo la grasa empieza a chisporrotear y pone perdida la bandeja del horno, pienso en el mensaje de la caja: Dieta mediterránea 100 %. 


16:05: Nada más comer endilgo los críos a los abuelos y me escapo corriendo a ver libros. Recorro Luque, Beta y El Corte Inglés. Encuentro un libro de Denis Johnson que llevaba años queriendo leer. Al final, el resultado de la cacería es éste: 


18:00: De vuelta de las librerías tomo conciencia de que, como propósito para el año nuevo que está al caer, tal vez debería disminuir mi dosis diaria de porno por internet. Y es que en un cartel leo “Miss Canadá” en lugar de “Misa Cantada”. Muy fuerte. 


18:15: Ya en el piso de mi hermana me encierro en la cocina para preparar los canapés. Lavo, cuezo, pelo, corto... Las horas se pasan volando. Llega un momento en el que los dedos de los pies me palpitan.


20:25: Hago un descanso y me encierro en el cuarto de baño. Releo uno de los cuentos de “Knockemstiff”, el fantástico libro de Donald Ray Pollock que no paro de leer desde hace días. A este paso me lo voy a aprender de memoria. Si alguna vez me da por escribir algo, por favor que sea algo como esto


20:50: Seguimos con los canapés.

22:05: Suena el teléfono, pero no es ningún familiar ni ningún amigo. Es el puto 2210. Lo cojo. Una señorita muy amable con acento latino me desea un feliz año nuevo y me intenta colocar no sé qué promoción. Tras devolverle los buenos deseos, le empiezo a contar los remedios caseros que mi abuelo paterno solía poner en práctica cuando le venían los dichosos e inoportunos reflujos gastroesofágicos. Me cuelga.

22:10: Cenamos.


23:25: Hemos comprado a la niña una botella de Champín, para que brinde por primera vez con nosotros por la llegada del nuevo año. Como era de esperar no le gusta y termino bebiéndome yo solito la botella entera. 


23:59: Tal concentración de burbujas y azúcar hace estragos en mi barriga, hasta el punto de que las campanadas me sorprenden en el cuarto de baño en actitud poco festiva y decorosa (por lo menos, y a falta de uvas, tengo el ejemplar de Donald Ray Pollock).

00:45: Cuando tienes dos críos pequeños no puedes alargar mucho las fiestas. De modo que poco antes de la una regresamos a Ciudad Jardín. Hay tanto tráfico que en lugar de Año Nuevo parece que estemos en un día laborable en hora punta. Por todos lados suenan mil petardos y cohetes, que dan la impresión de que Córdoba esté en guerra más que de fiesta.

02:15: Ya en la cama hago recuento de lo acontecido durante el año que acaba de esfumarse, y pienso en los propósitos marcados para el que ahora nace. No formulo ningún deseo (salvo que las personas que quiero estén sanas y sean felices). Después de todo, a mi edad uno ya ha aprendido que la felicidad pierde mucho de su encanto cuando no puedes compartirla con las personas que más quieres. De modo que para qué pedir nada, si lo único que realmente quisiera que se cumpliese es precisamente lo único que sé que no se va a cumplir. Por lo demás, estoy tranquilo. Soy consciente de que me he dejado multitud de cosas sin hacer en el 2011, pero me queda el consuelo y la certeza de que yo he sido el único responsable de que esto ocurra. De modo que habrá que volver a intentarlo este año. Sí, definitivamente creo que me daré otra oportunidad este 2012.