miércoles, 29 de agosto de 2012

¿BENDITO? VERANO


Hasta hace unos años, la llegada del verano era vista siempre como un espacio de tiempo en el que todo era posible, una suerte de paréntesis para rellenar con todos aquellos proyectos y deseos que, por unas razones u otras, habías ido aplazando durante todo el año. Luego, los niños, los estudios o tu patológica ausencia de perseverancia, terminaban poniendo las cosas en su sitio, y cuando querías darte cuenta septiembre había llegado de nuevo y todos esos proyectos y deseos a los que ibas a consagrarte durante julio y agosto habían avanzado lo mismo que durante el resto del año:    n  a  d  a.

Es por todo eso que ya no espero nada del verano. A decir verdad, me conformo con que pase. La mayoría de los días lo hacen envueltos en una amalgama de papillas y risas, de pañales y llantos combinados con un poquito de piscina, siestas, cenas y gintonics que siempre terminan derramados sobre algún tocho de antropología. 

De vez en cuando, no obstante, ocurre algo especial que viene a alterar esta monotonía en la que voluntariamente ando instalado. 

Hoy, por ejemplo, he recibido la visita de dos mensajeros. 

El primero traía esta interesante antología sobre poesía norteamericana, seleccionada por Julio Mas Alcaraz.


El segundo, siete libros que en su día quise comprar y que, bendita paciencia, ahora he adquirido por menos de la mitad de su precio original.


Más tarde, mientras estaba en el sótano jugando con mi enano, he sufrido en mis carnes una agradable bofetada del azar. Como una versión inversa del dicho “Basta que busques algo para que no lo encuentres”, me he topado, sin comerlo ni beberlo, con el aparatito que tengo desde hace años para ahuyentar los mosquitos, el mismo que durante todo julio y agosto he buscado mil veces sin éxito. Pero eso no es lo gordo. El caso es que, al ir a cogerlo, el depósito donde se almacena el líquido repelente se ha desprendido, vertiendo algunas gotas sobre el cuadro de una pseudo-gioconda que había desahuciado hace casi un año, por culpa de un pegamento para ratones que, sin querer, se había derramado y extendido sobre el mismo, dejándolo prácticamente irrecuperable. Durante todos estos meses, había probado mil y un remedios para retirar ese pegamento del cuadro: espátulas, papel, cinta aislante, colonia, alcohol, aceite, aguarrás… Y nada. Lo curioso es que las gotas del repelente anti-mosquitos han caído exactamente sobre la capa de pegamento, y ha sido verlas caer y presentir que algo increíble estaba a punto de suceder. Dos minutos después, y con la única ayuda de una servilleta de papel, el pegamento había desaparecido y el cuadro lucía igual que antes del incidente. Todavía me dura la cara de gilipollas. 


Pues bien, instantes como estos me ayudan a que el verano sea un poco más llevadero.  Aunque, ahora que lo pienso, tal vez todo se limite a una simple cuestión de enfoque, y el verano, en lugar de ser ese momento en el que por fin vas a poder acometer todas aquellas cosas que quedaron sin hacer durante el resto del año, sea simplemente un periodo de tiempo en el que madurar y planificar todas las cosas que te gustaría hacer durante los siguientes diez meses (las mismas que luego, al llegar el nuevo mes de julio, habrás dejado de nuevo sin hacer). 

En esas ando…

lunes, 30 de julio de 2012

JAZZ EN COPENHAGUE

Acabemos pronto con esto, y hagámoslo diciendo que al final, después de mil y una historias (demasiado patéticas hasta para ser contadas aquí), los conciertos en Copenhague y Malmö fueron cuatro (3+1). Cuatro auténticas mierdas de proporciones mayúsculas que, con vuestro permiso, voy a intentar olvid­ar desde ya.
He de reconocer que comencé a “mosquearme” apenas despegué de Ginebra, a bordo del vuelo SK618 de Scandinavian. Allí, encapsulado dentro de un artefacto donde todo parecía haber sido diseñado a escala 1:3, me bastó mirar durante un segundo a mi compañero de viaje para descubrir que aquella aventura danesa iba a ser un borrón en mi ya emborronada carrera musical. Ricardo había estado todo el vuelo de Madrid a Ginebra bebiendo Four Roses a escondidas, comiéndome la cabeza con la magnitud de las actuaciones y la calidad de los músicos de la banda. No paraba de decir, entre trago y trago, que íbamos a reventar Copenhague, que aquello iba a significar un antes y un después en su prometedora carrera (1), pero bastaba verlo ahora, desparramado en su minúsculo asiento, durmiendo la mona con la petaca vacía asomando del bolsillo de su pantalón, para comprender que toda aquella palabrería no era más que la torpe verbalización de un músico fracasado. Conocer al resto de la banda tampoco ayudó. Y no porque todos cultivaran hasta sus últimas consecuencias cierto aspecto desaliñado y forzadamente juvenil (algo que, en el caso del batería, bien hundido ya en la cincuentena, rayaba en lo ridículo), sino porque sencillamente eran malos. Malos de cojones. Baste decir que al lado de todos ellos, Ricardo (que nunca ha sido precisamente un virtuoso de la trompeta) iluminaba el escenario como una mala (malísima) copia de su idolatrado Chet Baker, quince o veinte años antes de que decidiera esparcir sus sesos sobre el empedrado de una calle de Amsterdam. 


No, esto no podía salir bien, pensaba mientras sobrevolaba Ginebra con Ricardo roncando a mi lado, intentando como un iluso localizar tras la ventanilla del avión el cementerio de notables de Plainpalais (2) y no situando más que su famoso Jet d´Eau (3), entregado a pensamientos tan elevados y transcendentales como qué diferencia verá la gente entre el lago Lemán (que se extendía mis pies) y la Santos Morcillo.



Afortunadamente, toda la decepción provocada por la banda y los conciertos habría de ser pronto contrarrestada por el hotel elegido para pernoctar, un dos estrellas que, nada más llegar, resultó ser sólo de una, y que a falta de comodidades estaba excelentemente ubicado junto a la estación de trenes, en el corazón de Vesterbro. Había leído en algún foro que el barrio era algo chungo, pero me bastó un paseo hasta el 7-Eleven de la esquina para comprobar que:
  1. En Copenhague hasta los chorizos son educados.   
  2. No iba a pasar sed durante mi estancia. 


Dicho esto, quiero que sepan que he disfrutado como un niño de las fugaces madrugadas de Copenhague (4), con las latas de Rekorderlig amontonándose en mi ventana del cuarto piso, escrutando con mis ojos de antropólogo en ciernes el lento pero incansable fluir de prostitutas, camellos y pijas en bicicleta por la esquina de Colbjornsensgade con Istetgade


Pero, sobre todo, he disfrutado con la ciudad. Sin duda ha tenido mucho que ver el hecho de que mi estancia allí ha coincidido casi por completo con su festival de jazz (lo que, en la práctica, se ha traducido en conciertos a todas horas, en cada plaza y esquina. Conciertos de verdad).


 

Lo cierto es que si la ciudad ya es de por sí preciosa, recorrerla bajo una lluvia de acordes de jazz es toda una delicia. Poco importa que Rådhuspladsen y Kongens Nytorv (dos de sus principales plazas) estén en obras, por no hablar de Frederiks Kirkey otros emblemáticos edificios (5). “Kovenhavn” es una ciudad llena de vida, increíble, como uno de esos polvos fugaces y exquisitos que ya empiezas a añorar cuando todavía estás ahí, dale que te pego. Si os parece, en la próxima entrada nos damos juntos una vuelta por ella.


NOTAS: 
     (1)  Cuanto menos simpático el calificativo de “prometedora”, cuando el que habla sobrepasa los 40 tacos y lleva más de 20 soplando su trompeta sin el menor éxito por verbenas y tugurios de media España. Sin duda el gran misterio de todo esto (al menos para mí) es cómo narices consiguió Ricardo esos conciertos en Copenhague y Malmö. Y, más aún: ¿A quién coño engañó para que pagara todo esto? En fin, como dije al principio, quiero olvidar…
(2) Donde reposa Borges.
(3) El Jet d'Eau es un enorme chorro de agua que alcanza hasta 140 metros de altura. Está situado en el lago Lemán, en Ginebra, y para muchos turistas es el emblema de esta ciudad.
(4) A las 23:00 todavía era de día, y poco después de las 3:00 ya había luz en las calles.
(5) Cartel anunciando la ciudad  de Copenhague como European Green City, durante el invierno de 2014.

martes, 10 de julio de 2012

UNA DE BOLOS...



Vale, es cierto. Solo es una semana, pero me pagan el avión, una cama y toda la cerveza que sea capaz de ingerir. A cambio sólo tengo que tocar el bajo desde las diez hasta las dos de la mañana. La verdad es que no sé ni cómo se llama el grupo. Tampoco el nombre de los nightclubs donde tendrán lugar las actuaciones. Lo importante, desde mi punto de vista, es que un buen amigo se ha acordado de mí. Y que gracias a estos bolos podré deambular durante unos días por Copenhague, Malmö y Lund. 

Nos vemos a la vuelta.

sábado, 16 de junio de 2012

LECTURAS EN EL BAÑO (Junio 2012) (y II)



Dejo hoy una nueva fotografía del aspecto actual del lavabo de mi cuarto de baño, una fotografía que ilustra a la perfección cómo las cosas pueden cambiar de un día para otro, en función de las circunstancias (si no me creen, echen un vistazo a la fotografía de la entrada anterior).

Comencemos:

 (Editorial Seix Barral)

Básicamente, “La camarera”, de Markus Orths, cuenta la rutinaria existencia de Lynn Zapatek, una camarera que adecenta las habitaciones del hotel Eden y que, sin comerlo ni beberlo, termina pasando las noches de los martes debajo de la cama de alguno de sus huéspedes. Lo tengo casi terminado y, la verdad, me está gustando bastante. En mi última visita a Córdoba descubrí en una librería que Seix Barral había editado una nueva novela de Orths (“La sala de profesores”), y creo que Salamandra ha publicado también algo de este autor alemán. 

(Editorial Anagrama)

“Catedral”, de Raymond Carver. Seamos claros: lo primero que me gustó de este libro de relatos fue su portada. Bueno, miento; lo primero que me gustó de este libro de relatos fue que está escrito por Carver (me encantaron “Si me necesitas, llámame” y los poemarios “Todos nosotros” y "Bajo una luz marina"). Pero es cierto, compré este libro por la portada. En concreto, por ese edificio que es como una enorme colmena rectangular, que tanto me recordó a la Facultad de Psicología de Málaga y a los buenos años malgastados allí.


Una muestra representativa del nivel de aprovechamiento de esa dura época estudiantil la tengo colgada junto al título de licenciado…


…muy cerca de un lapicero repleto de bolis Bic reconvertidos en chuletas de asignaturas cuyo nombre, la verdad,  ya ni recuerdo.


Tengo que darle más vueltas a esto, pero sospecho que podría esbozarse una curiosa teoría sobre la perseverancia y la elección racional vital, atendiendo al uso individual que cada persona hace de sus bolígrafos Bic. Sirva de ejemplo como, mientras unos los usamos como medio para aprobar asignaturas infumables, otros lo emplean con propósitos mucho más nobles y  artísticos.

(Juan Francisco Casas. Cuadro realizado con un boli Bic. Muy pronto hablaremos con más detenimiento de este artista cuya obra es fantástica).

(Editorial Acantilado)

“Recreaciones”, de Yuri Andrujovich, es uno de esos libros que a veces me compro un poco a lo loco. Había hojeado en no sé dónde una entrevista a este autor y me apetecía leer algo de lo que se está “cociendo” (literariamente hablando) en Ucrania. Al margen de todo esto, resulta curioso el conglomerado de factores que, en ocasiones, puede condicionar la lectura de determinados libros. Recuerdo que éste lo compré en enero de 2010 y que en ese momento, por más que lo intenté, no conseguí pasar de la página 15 o 16. Hace unos días, sin embargo, lo redescubrí mientras ordenaba la biblioteca. Y desde entonces no lo suelto. No sé, me está resultando divertido seguir de cerca las peripecias de Jomski y compañía por el Festival del Espíritu Renaciente, en la zona vieja de Chortópil (ciudad imaginaria, ubicada en Ucrania). 

(Editorial DeBolsillo)

“Lo mejor de McSweeney´s”, de autores varios. Qué quieren que les diga. Para mí es el libro perfecto para periodos como este, en el que los exámenes de Antropología consumen casi por completo mi tiempo libre, reduciendo mis horas de sueño a niveles de casi supervivencia. Este tomo reúne una selección de cuentos de autores norteamericanos publicados originariamente en McSweeney´s, una de las mejores revistas literarias de Estados Unidos. Como no podía ser de otra forma, mi lectura del mismo está siendo anárquica y muy satisfactoria. Pero qué puede esperarse de un volumen que contiene cuentos de tipos como David Foster Wallace (“Otro ejemplo más de la porosidad de ciertas fronteras (VIII)”), George Saunders (“Cuatro monólogos institucionales”) o Rick Moody (“Rancho Doble Cero”).

(Editorial Anagrama)

“Zonas húmedas”, de Charlotte Roche. Este libro, a igual que “La camarera” lo llevo muy avanzado. He de decir que me enganchó mucho su inicio. Pensaba que un libro que prácticamente comienza  así: “Desde que tengo uso de razón sufro de almorranas” no podía estar mal. El problema es cuando las más de 200 páginas que siguen son un minucioso compendio de fisuras anales y otros desgarros. Un libro que haría las delicias de un proctólogo de vacaciones en una playa atestada de Fuengirola, pero que, la verdad, no está satisfaciendo mis expectativas.

(Editorial Libros del Silencio)

“Knockemstiff”, de Donald Ray Pollock. Intentaré decirlo de modo suave: este libro es impresionante. Brutal. Lo terminé de leer (la primera vez) en navidades, pero el hijoputa me persigue desde entonces, y cuando no me lo encuentro en el lavabo está en mi mochila o debajo de mi almohada (y no es coña). Me gusta tanto que hasta me lo he comprado en inglés (7,99 libras).


Por ponerle algún defecto, diré que Knockemstiff es uno de esos libros que uno lee muy de tarde en tarde y que, cuando lo terminas, hace parecer una mierda todos los libros que en adelante intentas leer. 

Que ustedes lo pasen bien.

miércoles, 30 de mayo de 2012

DECONSTRUCTING WERT

No nos andaremos con tapujos. Lo que vamos a intentar desarrollar a continuación no es más que una idea que lleva años circulando por la red, y a la que un servidor no hubiera prestado la más mínima atención de no ser porque ciertas personalidades de reconocido prestigio llevan tiempo difundiéndola (aunque, eso sí, de forma anónima y discreta. Enseguida sabrán por qué). Me refiero a la tesis que defiende que José Ignacio Wert, actual Ministro de Educación y Cultura, es en realidad un implacable vampiro que en sus casi cinco siglos de vida ha desarrollado, además de unos sofisticados mecanismos de influencia y persuasión sobre los grupos en los que se infiltra, un odio visceral hacia los niños.


Por imperativos de tiempo (1) nos centraremos sólo en aquellos episodios de la trayectoria vital de esta criatura de las tinieblas que consideramos más relevantes. En concreto:

1.     El momento en el que Wert se convierte en vampiro.

2.     El momento en el que Wert comienza a desarrollar un odio exacerbado hacia los niños.

3.     Algunos ejemplos concretos que ilustran su enorme poder de influencia sobre el ciudadano medio.

Para desarrollar el primero de estos apartados es preciso retrotraerse hasta la primera referencia documentada que tenemos de nuestro protagonista (WILDEMAN, 1628). En ella, Wert aparece como Sebald de Weert, un navegante nacido en Amberes en 1567 que alcanzaría el grado de vicealmirante de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Todo parece indicar que fue en su primer viaje comercial por el Lejano Oriente cuando tuvo lugar su conversión vampírica. En concreto, en Annobon, una isla comercial africana al sur de Santo Tomé, donde la nave de Weert tuvo que hacer escala debido a un brote de escorbuto, allá por diciembre de 1599. A partir de esta fecha, las desgracias no harán sino cebarse con la tripulación de la nave, y aunque de modo oficial las reiteradas muertes y desapariciones han sido siempre achacadas al clima, las enfermedades y la extrema hostilidad de los nativos, a nadie se le escapa que a bordo del Geloof tuvieron lugar hechos de naturaleza muy extraña. Entre tanto, Weert, que se había enrolado hacía apenas unos meses como simple marinero, ya ejerce a principios de 1600 como capitán de la nave. A partir de ahí, y hasta su fingida muerte en Ceilán, en 1603, sembrará el pánico allá donde vaya.

Después de eso habrán de pasar muchos años para que volvamos a tener noticias de nuestro vampiro, y todavía más para localizar el germen de su patológico odio hacia los niños. En concreto, habrá que trasladarse hasta 1943, cuando José Ignacio Wert, más conocido entre la flor y nata de la intelectualidad parisina como León Wert (2), recibe una hermosa prueba de amistad de Antoine de Saint-Exupéry que, sin embargo, constituirá el inicio de la ruina del aclamado aviador y escritor. Nos referimos a la célebre dedicatoria que Saint-Exupéry brinda a Wert en el que, sin duda, es su libro más célebre: El principito.

A León Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).

Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH, cuando era niño


Para José Ignacio Wert, encontrar su apellido mal escrito por duplicado (3), con esa hache final que lo hace parecer británico, supone una ofensa ruin e injustificable. De hecho, no escasean las voces que señalan a nuestro resentido vampiro como principal responsable en la posterior desaparición de Saint-Exupéry, mientras sobrevolaba la isla de Riou. Por decir, hay incluso quien sostiene (4) que el autor de El principitono murió en ese accidente sino casi cuarenta años después, en un caserón apartado a las afueras del municipio burgalés de Porquera de Butrón (14 habitantes). Allí, custodiado por un esbirro de Wert, Saint-Exupéry pasaría hasta el último de sus días garabateando uno tras otro miles de cuadernos con una sola palabra:   
        
W  E  R  T

Lo curioso (y trágico) de todo este incidente es que, por rebuscados mecanismos psicológicos que escapan a nuestro entendimiento, Wert extendió la responsabilidad del pueril error de Saint-Exupéry a los futuros destinatarios del libro: los niños. Y, como consecuencia, se enfrascó en una encarnizada cruzada que dura hasta hoy, encaminada a la consecución de un fin irrenunciable: putearlos. No en vano, esa es la causa verdadera por la que, actualmente, Wert es Ministro de Educación y Cultura. Apenas han pasado 5 meses desde su nombramiento, pero a nadie se le escapa que Wert no ha perdido el tiempo. Hacinar a los alumnos en las aulas, suprimir colegios, líneas, becas y prestaciones, disminuir drásticamente el número de docentes… Todo eso, y lo que vendrá, es fruto de una mente maquiavélica y planificadora sin otro objetivo que conseguir que esos niños que un día le hicieron la vida imposible sean el día de mañana una masa de adultos desgraciados y sin futuro.

A partir del incidente de Wert con Saint-Exupéry, su rastro se hace más visible (gracias en parte a la progresiva omnipresencia de los medios de comunicación). No obstante, si por algo se ha caracterizado siempre nuestro protagonista es por saber moverse entre las sombras como pez en el agua. No olvidemos que, entre otras habilidades, Wert domina con soltura los medios de comunicación y ha hecho del estudio de la sociedad su campo de trabajo (5). Dos ejemplos, y con esto termino, bastarán para ilustrar este argumento:


EJEMPLO 1:

Tal vez el mayor mérito de Wert en su ya dilatada y sobrecogedora existencia sea el haber conseguido inmiscuirse en nuestras vidas sin que nosotros lo percibamos. Esta discreción patológica le ha permitido, entre otras cosas, conseguir cosas tan extraordinarias como colocar su apellido en el léxico de numerosos idiomas. Así, por ejemplo, “Wert” en alemán es un adjetivo que puede traducirse como valioso, especial. Esto, que no dejaría de ser una simple anécdota, adopta peliagudos matices cuando Wert anda por medio. Y es que, ¿qué es algo muy valioso y especial? 


Así es. Los Werther´s original.

Lo que muchos no saben es que el abuelete del anuncio de arriba es el propio Wert, transmutado, y que bajo ese spot tierno y familiar se esconde una planificada y brutal campaña de destrucción dental infantil, que entre las décadas de 1960 y 1970 provocó entre los menores de doce años una auténtica epidemia mundial de caries. Por otro lado, todo el que ha probado un Werther´s original sabe lo espeluznantemente “atascauzos” que son. En este sentido, la ADA (American Dental Association) lleva contabilizados (sólo entre 1989 y 2011) más de 6000 accidentes vinculados directa o indirectamente con esta marca de caramelos (desde dislocaciones leves de mandíbula y pérdida de piezas dentales a episodios transitorios de asfixia y deglución espástica).


EJEMPLO 2:

Otro de los secretos mejor guardados de nuestro protagonista es su faceta como accionista mayoritario en más de una veintena de grandes empresas. Él, claro, fiel a su costumbre de intentar pasar desapercibido, ha cuidado mucho que su nombre no aparezca en ninguna de ellas. Pero siempre quedan flecos sueltos para quien sabe buscarlos. Tal vez uno de sus secretos mejor guardados sea su condición de accionista mayoritario en empresas del ramo de la informática como Microsoft, Apple o Toshiba. Cómo si no creen ustedes que es posible conseguir cosas como esta: 

Sí, lo sé. No faltará quien argumente que esta gracia del teclado no es más que una conjunción de letras agrupadas así de modo caprichoso por el azar. Sin embargo, no sean incautos. Créanme si les digo que, en el mundo en el que nos ha tocado vivir, las casualidades no existen, y que el azar no es más que un cuento chino del que se valen tipos como Paul Auster para vender libros como rosquillas a idiotas con aspiraciones pseudointeletuales como, por ejemplo, yo.

Buenas noches.


BIBLIOGRAFÍA:

M.G. Wildeman "Bijdrage tot de familiegeschiedenis van 't geslacht Sweerts de Weert" (1628).


NOTAS:

(1)  Los exámenes de Antropología han caído de nuevo sobre mí y ya no me dejarán hasta casi mediados de junio.

(2) En este montaje casero se puede apreciar el cuanto menos intrigante parecido físico entre León Werth y José Ignacio Wert. 


(3) Hay constancia documentada de que, al menos desde mediados del siglo XVIII, Wert escribe ya su apellido como en la actualidad, sin la segunda “e” (Wert por Weert).

(4) AGUILAR ESPINOSA, A. y MARTÍN ARJONA, F. (2009): “El príncipe enjaulado. Crónica de un cautiverio sin fin”. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga.

(5) Wert tiene, además de una Licenciatura en Derecho, un Máster en Sociología Política. También ha impartido clases de Teoría de la Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid, y ha desempeñado importantes puestos en empresas de sondeos de opinión y audiencias (como Demoscopia y Sofres). Un ejemplo de su producción académica puede encontrarse pinchando aquí.

viernes, 11 de mayo de 2012

BOB DOB

Es la idea.
Ir colgando, de forma periódica, una breve muestra de la obra de aquellos artistas que envidio con toda mi alma. Sin hablar demasiado. Sin explicar bien por qué. Dejando que sean sus cuadros los que te cuenten todo lo que un servidor es incapaz de explicar.
Comenzamos hoy con Bob Dob, artista nacido en Hermosa Beach (California, USA). Pincha aquípara acceder a su web.

OBRA:












sábado, 28 de abril de 2012

CHILAVERT 3.0. (UN AMAGO DE ENTREVISTA. PARTE 2)


Reconozco que acudo con la mosca detrás de la oreja al que va a ser mi último encuentro con el poeta J. M. Chilavert, no tanto porque me haya citado en el Museo Arqueológico como porque (desconfiado) he consultado en el periódico los horarios y, tal y como temía, los lunes suele estar cerrado. Pese a todo decido acercarme hasta allí, y para mi sorpresa lo encuentro abierto (1). De Chilavert (una vez más) no hay ni rastro, pero como el museo es gratis y lo han reformado hace poco decido entrar a echar un vistazo. Ya comentamos en la entrada anterior que nuestro protagonista se ganaba unos euros extras repartiendo churros a domicilio, (trabajo que, según tengo entendido, compagina como puede con el de auxiliar de enfermería en una residencia geriátrica), pero cuando media hora más tarde me topo con él (embutido en un ajustado uniforme azul marino que le sienta como el culo), vigilando la sala de “Creencias religiosas y ritos funerarios”, me quedo más de piedra que las antigüedades que custodia.
 ―Bueno―me dice ―, de algún modo hay que ganarse la vida…
 La pregunta, llegado a este punto, es evidente: Si este tío trabaja por las noches en la residencia, repartiendo churros por las mañanas, y como vigilante en el arqueológico por las tardes, ¿cuándo coño duerme?



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Poco antes de salir del museo (y a pesar de que, en su momento, Chilavert me ha dejado muy claro que no quiere que le tome fotografías (2)), me armo de valor y consigo retratarlo sin que se dé cuenta. El resultado es esta mierda:


Ya en la calle los dos nos quedamos parados, sin saber qué decir. “¿Te apetece cenar?”, pregunta mientras se enciende un cigarrillo, cuando el silencio entre ambos comienza a resultar incómodo.
 ―Bueno, pero he…he venido andando.
No problem―dice, y echa a andar.
 Durante unos instantes busco con la mirada un coche, una moto, pero en lo que finalmente acabo montado es en la barra de una bicicleta oxidada y burdamente decorada con pegatinas de hojas de marihuana y de Bob Marley. Así, sentado de lado, me pasea por media Córdoba. Yo intento sobreponerme al sonrojo imaginando cómo será el lugar al que nos dirigimos. No sé, algún recóndito tugurio perdido en lo más profundo de la Judería, una diminuta bodega familiar donde voy a degustar manjares que me hagan olvidar todos los sinsabores de esta espeluznante entrevista (3). En su lugar (no podía ser de otra manera) Chilavert me lleva al Vial Norte, a un Foster´s Hollywood en el que, cuando quiero darme cuenta, estoy rodeado de pandillas de adolescentes y familias tardopeperas y progremodernas.
Tras darle mil vueltas a la carta me decido por una Le Grand Chef burger. Chilavert, entretanto, no para de hablar. No dedica ni un segundo al menú, pero cuando llega el camarero para tomar nota levanta la vista y empieza a pedir platos como si en aquella mesa fuéramos a comer cinco o seis personas.
―La cena es para mí la comida más importante del día ―dice, como disculpándose―. Piensa que de aquí a una hora me meto en la residencia y hasta mañana sin comer se hace muy largo…
Lo cierto es que este restaurante, además del apetito, parece haberle abierto las ganas de hablar a nuestro protagonista.


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Recuerdo haber comentado en alguna entrada anterior cómo Chilavert, después de un montón de años dando tumbos por este difícil mundo de la literatura, apenas si había conseguido ser incluido en una docena de libros colectivos en editoriales de tercera. Pues bien, esto (puedo confirmarlo ahora) no es del todo cierto. Según me cuenta (mientras engulle un plato tras otro con pasmosa rapidez) hubo una temporada en la que se buscó la vida (y, según parece, se la ganó bastante bien) a fuerza de presentar a un sinfín de concursos literarios obras de autores consagrados sutilmente reescritas por él.
―Básicamente, la idea era denunciar el alarmante nivel de incultura de la mayoría de los jurados literarios de este país ―me dice, al tiempo que se hurga con determinación una muela con la uña―.
―¡Pero eso debía ser un engorro tremendo! ―le digo―, porque luego tendrías que andar dando explicaciones a mucha gente y renunciando al dinero de los premios.
―¡Y una mierda! ―responde, soltando una carcajada espantosa que despide pedacitos de su Cheese Chicken burger por medio local (incluido mi pelo, mi oreja derecha y ―por triplicado― mi vaso de Pepsi) ―. Que lean más. No te jode…

(Fotografía parcial de J. M. Chilavert, ya sin el uniforme de vigilante, obtenida mientras éste que escribe simulaba fotografiar su hamburguesa con la excusa de enseñársela luego a su hija)

Por más que insisto, no consigo que Chilavert confiese cuántos cuentos clásicos ha fusilado (o, como él dice, “ha hecho suyos”), y mucho menos cuánto dinero se ha embolsado con estas “curiosas operaciones de maquillaje”. Tampoco si lo que me está contando es cosa del pasado, o si sigue haciéndolo en la actualidad. Lo que sí logro es que me cuente cómo empezó todo.
―Fue con “Dos hermanas”, el genial aunque poco conocido cuento que abre Dublineses, de James Joyce. Yo andaba por entonces más tieso que la mojama. Me pasaba el día sableando a los amigos, abusando de la familia. Una noche, borracho como una cuba, comencé a leer este cuento y, sin darme cuenta, casi por diversión, comencé a cambiarle los nombres a los personajes. Todo sonaba tan bien y yo estaba tan desesperado que cogí el ordenador y empecé a reescribirlo, ambientando sutilmente la trama en una conocida zona de la ciudad donde se organizaba un importante concurso al que deseaba presentarme. Al día siguiente, todavía bajo los efectos de una de las peores curdas que he cogido en mi vida, fui a Correos y lo mandé. No volví a acordarme del cuento nunca más, hasta que cinco meses después recibí una llamada en la que me anunciaban que acababa de ganar el Primer premio. 1500 euros la saca y un fin de semana gratis en un hotel de puta madre en plena Costa del Sol.
―Pero…
―Jajaja…Mira, Almohada, aquí en España hasta el último gilipollas presume de haber leído el Ulises, pero a la hora de la verdad lo más profundo que ha ojeado es El tiempo entre costuras. La cuestión es que si toda esa gente que dice haber leído a Joyce en realidad no tiene ni puta idea de quién es Leopold Bloom, cómo coño va a saber de qué va Retrato del artista adolecente. Y mucho menos un cuento perdido de Dublineses. Lo que quiero decir con todo esto es que el mundillo literario está lleno de “yolandinos”, pretenciosos del tres al cuarto que no han leído un libro de verdad en su puñetera vida. Todos ellos son, a fin de cuentas, simples desgastadores de tapas, paseadores de tochos inmortales por cuanta presentación caiga en su radio de alcance, sin otro objetivo en la vida que dejar que los demás vean lo listos que aparentan ser, cuando la verdad es que se pasan las noches viendo Telecinco o pajeándose como macacos detrás de la ventana, mientras espían a la vecina cuarentona que tiende la ropa en camisón.
Un camarero se para ante nosotros.
―¿Le traigo otra Pepsi, caballero? No sé si sabe que el refill es gratis. ..
―¡Gratis! ¡Y una mierda gratis! Me venís con el cuento de que pagas una y te tomas las que quieras, pero luego en la cuenta me sangráis más de 3 euros por una porquería de agua carbonatada con regusto a Pepsi que va a tenerme tres días sentado en el váter, cagándome por la pata abajo cada cinco minutos.


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Pocos minutos después el camarero (todavía con la cara roja como un tomate por la vergüenza) se presenta con el combo de postres que ha pedido Chilavert. Al verlo estoy tentado de gritar. No en vano ocupa casi media mesa.
Mientras me repongo del susto formulo a Chilavert la que tal vez sea la pregunta cuya respuesta más me intriga: ¿Cómo diablos espera ganar alguna vez un concurso literario presentando la mierda de  poemas y microrrelatos que escribe, plagados hasta la saciedad de groserías y obscenidades? También, si alguna vez se ha parado a pensar en la cara que se les debe de quedar a los jurados de todos esos certámenes literarios en los que participa cuando empiezan a leer sus textos.
Con más de doscientos gramos de nata repartidos entre sus labios, barbilla y (lo juro) las dos cejas, J. M. Chilavert me confiesa que todo eso se la pela, que él no sabe escribir de otra forma y que no se puede gustar a todo el mundo. Yo pienso si la cuestión no será, simplemente, llegar a gustarle de verdad a alguien, pero en su lugar le pregunto si alguna vez ha ganado un concurso de forma limpia.
Chilavert sonríe, sin bajar la mirada del combo de postres, y afirma que sí, que ha ganado bastantes (¿?). El último de poesía.
Poesía amorosa.
Erótica.
―Vi las bases en Internet, por casualidad, cuarenta minutos antes de que finalizara el plazo de recepción de originales. Y, aunque parezca mentira, en ese momento no tenía escrito ni un solo poema erótico que se adaptara a las características del concurso. Cuentos guarros sí. Cientos. Entre ellos uno muy bestia de unas seiscientas palabras que escribí en Málaga, en 1995, una noche que andaba hasta el culo de mojitos, en un piso de estudiantes repleto de tías buenas que (inexplicablemente) acabaron follando con otros. En un primer momento pensé en colar el cuento como “prosa poética”. Así, sin más. Pero luego, justo cuando estaba a punto de enviarlo (no serían menos de las 23:45) me vino a la cabeza el término “poema visual”. El problema es que, entre que soy un negado para la informática y que los minutos volaban, no se me ocurrió otra idea mejor que dibujar con un rotulador un puto corazón sobre la pantalla del ordenador. Luego, con el espaciador, a duras penas, fui ajustando como pude el texto hasta que éste adoptó la forma de ese corazón. Resumiendo: una mierda. Y de las gordas. Máxime cuando, minutos después, al intentar borrar el corazón de la pantalla, caí en la cuenta de que el rotulador que había utilizado era el permanente que suelo usar para rotular los deuvedés de las películas que me bajo ilegalmente de Internet. Dos meses después se falló el premio y lo gané. Ex aequo (no se puede ser más desgraciado, para un concurso que gano). Con lo que pillé ―dice, apurando los miligramos de chocolate y nata que todavía hay esparcidos por la bandeja del postre―, no tuve ni para comprarme una pantalla nueva.



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¿En qué andas trabajando últimamente?
Bueno, digamos que tengo bastante avanzada una nueva novela.
¿Podrías avanzarnos algo? ¿Tienes ya un título para ella?
―17.
―¿17?
―Es la decimoséptima novela que escribo. Como ninguna editorial va a publicarla, es de idiotas perder el tiempo buscando un título.
―(…)
―Lo que sí puedo es contarte cómo empieza.
Y nos regala el inicio:

“Se pasa las noches viendo porno. Pajeándose sin piedad. Imaginando que es él quien está encima de una guarra japonesa que chilla como si la estuvieran partiendo en canal, que es suya la polla que una zorra mulata se está tragando hasta la mismísima frontera de sus cojones”.


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Podría acabar esta entrevista diciendo que al final (como era de esperar) Chilavert se las apaña para escaquearse del restaurante sin pagar. Decir, por ejemplo, que se refugió en el cuarto de baño en cuanto vio acercarse al camarero con la cuenta. O que simuló con gran solvencia haber olvidado la cartera en la taquilla del Arqueológico. Sin embargo, no puedo hacerlo. Estaría faltando a la verdad. Pues lo cierto es que no tengo que invitarlo.
Ahora bien, él tampoco me invita.
―A pachas, tío, que la vida está muy cara ―me dice, dejando un billete sobre la cuenta.
Una vez en la puerta del Foster´s le estrecho la mano y nos despedimos, no sin antes pedirle permiso para incluir alguna de estas conversaciones en mi blog.
―Por mí como si escribes una novela con mi puta vida de mierda.
Allí, viéndolo marchar montado en su horrible bicicleta, camino del trabajo, pienso en todo lo vivido durante este par de días a su lado.
Y le tomo la palabra…

NOTAS:
(1)  Según me informan en la taquilla, el museo ha abierto excepcionalmente este lunes para atender a los turistas que visitan en masa la ciudad de Córdoba durante la Semana Santa.
(2)  La verdad, no consigo entender las razones que tendrá para no querer ser retratado. Después de todo no serían más que fotografías de un tipo que nadie conoce en un blog que nadie lee.
(3)  En especial, los hechos acontecidos en la sala 3X tras el partido de fútbol del domingo, los cuales (como habrán observado) he evitado mencionar en esta entrada. Sólo espero que entiendan mi deseo de no compartir con ustedes algo que quisiera olvidar y que, por desgracia, sé que me perseguirá mientras viva.