Me dio el punto. Había ingerido tanta porquería durante mi estancia en Londres que nada más poner los pies en casita me propuse empezar a comer sano. Compré lechuga y tomates. Fruta. Hasta puse granos de soja en remojo. Y, justo cuando estaba a punto de iniciar mi particular andadura por los senderos de la alimentación saludable, mi madre se presentó en casa con un tapper enorme de lomo en manteca. Desde entonces mis desayunos, meriendas y cenas no destacan precisamente por su equilibrio nutricional. Pero, qué diablos, hacía años que no tomaba un buen tazón de café con unas tostadas de lomo en manteca como Dios manda.
sábado, 5 de marzo de 2011
martes, 1 de marzo de 2011
LONDRES EN 10 INSTANTES (Y 3)
SIETE: Chinatown (Whitcomb Street): Por 9,95 £ me doy un atracón tremendo de cerdo agridulce en el buffet de un restaurante chino.
La comida, sin embargo, me sienta tan mal que al cabo de un rato empieza a revolotear por mi estómago, y el malestar ya no cesa hasta que horas más tarde acabo de rodillas frente al váter de mi habitación. Debo señalar (para no faltar a la verdad) que entre el atracón de cerdo agridulce y la posterior pota caen varias Tsingtao y Tiger (suaves cervecitas que hasta entonces nunca había probado).
Eso, por no hablar del curioso botellón que mis simpáticos compañeros de viaje se inventan poco después de la cena en la habitación 39 del hotel. Allí, entre lingotazos de ron con Coca Cola y un montón de chistes pésimos, todos comprobamos que los milagros existen y que las fantasías más calenturientas a veces se hacen realidad, cuando en la ventana de enfrente una morenaza recién salida de la ducha empieza a mostrar sin pudor al mundo entero su hermoso cuerpo mojado. Yo, para qué mentir, desnuda sé que está porque así lo manifiestan mis alcoholizados compañeros, pues entre la situación de semi-aplastamiento contra la ventana a la que soy sometido por estos cuatro energúmenos y las dioptrías que voy acumulando año tras año, ver, lo que se dice ver, no consigo ver una mierda. Así que ahí me tienen, entornando los ojos como un gilipollas, sin lograr distinguir más que un bulto que igual puede ser la vecina que un armario o una cortina, mientras ellos no paran de dar detalles acerca de sus medidas, color de piel y hasta de un piercing plateado que al parecer brilla en su ombligo.
OCHO: Westminster Abbey (Victoria Street). Me encuentro a escasos metros de (lo que queda de) Darwin, Newton o Dickens, y al igual que me ocurrió hace años mientras paseaba en Florencia por las inmediaciones de la Basilica de Santa Croce (donde, entre muchos otros, reposan Galileo, Maquiavelo o Marconi), o me sobreviene cada vez que deambulo de madrugada por la judería de Córdoba (y me topo con la casa donde murió Góngora o vivió Garcilaso de la Vega), pienso en que ya se me podría pegar a mí algo del talento de toda esa gente ilustre, como si la excelencia se contagiara por proximidad. La realidad, sin embargo (pienso mientras ahogo mis penas ante una helada pinta de Strongbow), es que sigo siendo el mismo tipo mediocre de siempre, el mismo individuo gris que llegó a Londres hace unos días con la secreta esperanza de encontrar algunos de los lugares donde habían consumido su vida algunos de sus escritores preferidos. Había leído no sé donde que por toda la ciudad había repartidas más de 800 placas azules que señalaban al visitante curioso las casas donde una vez vivieron gente como Oscar Wilde, Virginia Wolf, Conan Doyle o Freud, de modo que me he pasado casi todo el viaje con tortícolis de tanto mirar hacia arriba, en busca de las dichosas plaquitas azules. Sobra decir que mi fracaso, una vez más, ha sido mayúsculo, y sólo cuando ya me iba camino del aeropuerto logré descubrir una placa en la misma calle del hotel, dedicada a Norman Lockyer (1).
NUEVE: Este instante es la suma de muchos pequeños instantes, materializados en las fotografías que he ido tomando de la ciudad durante estos días. Después de todo, qué otra cosa hace un turista en Londres sino echar fotos como un desquiciado (algunos, en el colmo de su estupidez, hasta las borran sin querer).
DIEZ: …
(1) Ya de regreso en casa, encontré algunos sitios interesantes para localizar muchas de estas placas. Para ver dos de ellos pincha aquí y aquí.
NOTA: Muchas de las fotos que aparecen en este “Londres en 10 instantes” no son mías, sino de mi amigo Sebas, quien no sólo me las ha prestado sino que además se las apañó para rescatar de mi tarjeta todas las que yo había borrado accidentalmente (¡Lo que hacen los ingenieros!). Como las fotografías incluidas en estos últimos tres posts son muchas, llevaría su tiempo señalar una por una su autoría, de modo que simplifiquemos el proceso diciendo que si la foto está bien hecha y es bonita, entonces es suya.
domingo, 20 de febrero de 2011
LONDRES EN 10 INSTANTES (2)
CUATRO: Junto a un Sainsbury´s (Paternoster square): Sentado en un banco de piedra, en mitad de una plaza con diez cámaras de seguridad por cada ser vivo, tomo una Henry Westons que me sabe a gloria después de no sé cuantos kilómetros encima y, sobretodo, de haber conseguido atravesar (a la tercera fue la vencida) el Puente del Milenio desde la Tate Modern y el Shakespeare´s Globe hasta St Paul´s.
Esta sidra, pienso mientras le doy el último sorbo, no desmerece en nada a la Magners (aquí Bullmers) o a la omnipresente Strongbow, y además me consuela del reciente dolor auto-infringido tras borrar accidentalmente de mi cámara las más de 200 fotos que llevaba hechas desde el viernes. Lo curioso viene cuando intento deshacerme del vidrio.
Miro a mi alrededor pero no veo ni rastro de papeleras o contenedores. Entro en el metro y lo mismo. Pienso si todo esto no será sino una medida encaminada a la prevención de posibles atentados. Lo cierto es que en el suelo y los asientos de los vagones hay bastante basura acumulada.
Al final, tras más de 3200 metros (según Google Earth, en línea recta y sin contar lo andado en los trasbordos) encuentro una papelera entre las obras de Picadilly Circus.
CINCO: Habitación 26 del Lord Jim Hotel (Pennywern road, 23): La noche del sábado decido quedarme en el hotel mientras mis compañeros de viaje (bendita juventud) se adentran en Southwark y desembolsan las preceptivas 15 libras que dan acceso a la Ministry of Sound (al parecer, una de las salas de tortura acústica más famosas de Europa). Me tumbo en la cama. Enciendo la tele. Echo un vistazo a los resúmenes de la premier. Unos minutos después emiten las mejores jugadas del Arsenal-Wigan. Pienso en lo distinto que parece un partido de fútbol cuando lo ves en el campo y luego por televisión. Entre gol y gol de Van Persie enfocan fugazmente el palco del Emirates.
Semiescondido en una esquina se distingue a Beckham charlando con uno de sus hijos.
SEIS: The Camden Market (Camden High Street): Qué puedo contar de este lugar. Calles y calles repletas de mercadillos y locales de comida rápida. Mucho turista. Mucho pijo disfrazado de activista antiglobalización, dispuesto a fundirse en un santiamén el 0,7 del presupuesto asignado por sus papás en ropa guay.
Deambulo entre los puestos de ropa. El aire huele a comida china, a gofre, a curry. Entro en una zapatería. Debe haber como cincuenta Converse y me gustan todas. De camino a Camden Town compro una camiseta de Mr T.
(Ahora que lo pienso creo que, si exceptuamos lo consumido en sidra y en comida basura, las 8 libras que he pagado por esta prenda han constituido mi único gasto londinense).
lunes, 7 de febrero de 2011
LONDRES EN 10 INSTANTES (1)
UNO: Barajas (T1). El avión a Luton sale con tres horas de retraso. Según me cuentan en información, esto es algo habitual en este vuelo, que por ser el último acumula las demoras de todos los anteriores. Como compensación por la espera (¿?) nos ofrecen una Coca Cola y un sándwich de bacon y huevo a cada pasajero.
He de reconocer que el sándwich, al menos, justifica por sí solo el retraso, y no porque esté especialmente rico, sino porque (si hacemos caso a los ingredientes que dice poder contener) debe ser una de las comidas más completas y equilibradas que haya probado en mi vida.
La pegatina con información nutricional del sándwich me recuerda a otra muy graciosa que leí la otra tarde, al abrir un pedido de libros que acababa de llegarme por correo.
(Curioso que Casa del Libro lleve distribuyendo libros por Internet desde 1923, cuando la primera conexión de computadoras, realizada entre tres universidades de California y una de Utah, se realizó en 1969).
DOS: Lord Jim Hotel (Pennywern road, 23, 25). Si el hotel está sólo la mitad de bien que el libro de Conrad ya me puedo dar por contento, pienso mientras el autobús a Victoria atraviesa Londres de madrugada. Una vez allí…
TRES: Emirates Stadium (Hornsey road). Después de toda la mañana deambulando por los lugares que uno suele frecuentar cuando está de visita en una ciudad como Londres, cojo en Leicester square la “Picadilly” hasta “Arsenal”. Los gunners juegan hoy contra el Wigan. La verdad, no tengo muy claro lo de conseguir una entrada. Tal vez por eso, antes de lanzarme como un desesperado a la caza de un reventa, decido reponer fuerzas en un chiringuito próximo al estadio. La hamburguesa con bacon y cebolla tiene toda la pinta de ser un coctel explosivo de colesterol y triglicéridos, pero mi estómago parece haber asumido ya que esto es lo que va a encontrarse durante los próximos días, y al final el trozo de ¿carne? me sienta estupendamente. Luego todo pasa muy rápido. Resumamos la tarde diciendo que sí, que finalmente consigo una entrada y que no tengo que esbozar ante el portero la cara de gilipollas que he estado ensayando desde entonces (por si la entrada resultaba ser falsa).
Eso, sin olvidar el “momento idiota” del día (que casi me cuesta la vida) cuando, tras marcar Van Persie el primero de sus tres goles, salto de mi butaca con los brazos en alto ante el gruñido contenido de mis compañeros de asiento. Es entonces cuando descubro (¡cómo puedo ser tan despistado!) que el reventa (¡qué mamonazo, lo mato!) me ha vendido una butaca justo en el epicentro del sector donde la policía ha ubicado a los hinchas del Wigan (y el caso es que ya me extrañaba a mí que allí los forofos fueran de azul y no de rojo, jeje).
miércoles, 19 de enero de 2011
CHIVASSO
Trasteando la otra mañana en mi móvil descubrí un archivo de audio grabado hace casi tres años en Chivasso, una ciudad italiana situada a escasos kilómetros de Turín. La grabación en sí constaba de casi tres minutos de absoluto silencio, sólo interrumpido por las campanas del Duomo y, casi al final, por unos pasos lejanos que atravesaban con ligereza la Piazza della Repubblica.
Todos hemos oído mil veces eso de que una imagen vale más que mil palabras. Alguna vez incluso he escuchado lo contrario: que una palabra es capaz de evocar por sí sola multitud de imágenes. En lo que a mí respecta, quisiera añadir que hay también sonidos (o silencios) que albergan en su interior instantes imposibles de explicar con mil palabras o mil imágenes. Esta pequeña grabación, en concreto, me ha devuelto un universo entero de matices que las fotografías habían sepultado entre las tapas del álbum de ese viaje. No sé… el placer de dejar pasar las mañanas sentado en un banco de la plaza, sin otra meta a corto plazo que buscar un poco de sol que calentara el carro donde dormía mi hija pequeña; el trasiego de la gente dejando tras de sí un rastro de palabras en otro idioma; o una abuela escrutando sin prisas las curiosas esquelas del tablón de la funeraria local.
jueves, 6 de enero de 2011
LA INVOLUCIÓN DEL SPAM
A estas alturas de la película uno ya está acostumbrado al correo basura que abarrota su bandeja de entrada cada mañana, cuando enciende el ordenador. Incluso se ha preocupado de activar algún que otro filtro antispam que deriva (y condena) todos esos mensajes electrónicos al limbo del correo no deseado.
Hace unos días, sin embargo, asistí impertérrito a la manifestación de una nueva modalidad de spam. Aunque, para ser sinceros, no sé si calificar este suceso de evolución o de involución, pues la cadena que debía seguir (so pena y riesgo de caer en la ruina y desgracia más absoluta) no me llegaba por email, sino que había sido anónimamente depositada en el buzón de casa.
Los que de tarde en tarde deambuláis por este páramo sabéis que no soy muy dado a expresar mis opiniones, de modo que entenderéis si hoy también me abstengo de especular si la virgen del Carmen (con la que está cayendo) tendrá o no tendrá cosas más importantes que hacer que vigilar si un simple mortal, que sobrelleva como puede su mediocre existencia en el corazón de La Mancha, reza su oración y distribuye veintinueve copias de la misma antes de nueve días, y si hacerlo o no hacerlo puede convertirlo en millonario o condenarlo a la peor de las miserias (1). Por supuesto, no pienso aclarar si recé o no recé la oración, y mucho menos si escribí y mandé las veintinueve copias. Aunque, qué demonios, todavía estamos en Navidad, y es sabido que en Navidad todos sacamos a pasear al tremendo iluso que llevamos dentro. Sirva pues como pista (y regalo de Reyes) que el 22 la lotería tocó en el pueblo y que uno pilló su pellizquito.
Como no tengo el placer de conocer a ninguno de los dos o tres lectores asiduos de este blog, me es imposible hacer lo que en un primer momento me dictó mi mente: compartir con ellos, en señal de agradecimiento, el premio. De modo que he decidido (seguro que ellos/as lo entenderán) dedicar ese dinero a ahogar mis penas durante unos días en el extranjero, y a ellos dejarles algunas fotografías de otras “perlas” que de tarde en tarde encuentro en el buzón y que, desde hace muchos años, atesoro como oro en paño entre los libros de mi biblioteca.
(Este es, hasta la fecha, el más cutre que he recibido: publicidad ofreciéndose para dar clases particulares a niños. Impagable)
(1) Una vez más el azar ha hecho que, al tiempo que alguien dejaba la oración de la Virgen del Carmen en mi buzón, yo anduviese enfrascado en el estudio de las creencias y rituales existentes en algunos pueblos de África. En concreto, en el poder que los oráculos del veneno tenían en la vida cotidiana de los azande. A mí me ha resultado cuanto menos curioso el paralelismo existente entre los miembros de este pueblo (cuyas vidas dependían en gran medida de si un pollo moría o sobrevivía a la ingestión de un veneno durante el ritual) y las personas que, a diario, continúan las cadenas pseudoreligiosas que llegan a su s manos. En cualquier caso, para interesados en el tema (y afortunados, pues el libro no es nada fácil de encontrar) recomiendo “Brujería, magia y oráculos entre los azande”, de Evans-Pritchard (Ed. Anagrama). Una parte sustancial de este texto puede también localizarse en “Antropología y colonialismo en África subsahariana”, de Nuria Fernández Moreno (Ed. Ramón Areces).
lunes, 3 de enero de 2011
INSOMNE
Insomne:
(Del lat. insomnis).
Últimamente ese es mi estado. Cada madrugada deambulo de puntillas por la casa, como un ladrón de poca monta que no sabe muy bien a qué narices ha entrado allí. Esta noche la culpable de mis desvelos ha sido una pesadilla brutal, ambientada en el lugar que durante más de quince años fue mi hogar: Palma del Río. Luego, ya despierto y agotadas las esperanzas de caer de nuevo en los brazos de Morfeo, el aburrimiento y el cansancio me han llevado a recordar a algunas de las personas que llenaron y dotaron de sentido aquella época hoy tan lejana.Así, aturdido por lo rápido que pasa la vida, calculando cuánto quedará hoy de aquel muchacho que una vez fui, he pinchado en el icono de Google Earth y he comenzado un inesperado paseo virtual por algunos de los rincones de ese pueblo que una vez fue el mío.
(C/ Méndez. Mi casa )
(C/ Castelar. Casa de P. El bar de su padre ya no existe)
(C/ Caño. Local de Ensayo de "La Especie". Como casi todo, después de quince o veinte años, ya es historia)
(C/ Río Seco. Pub Cubo´s. Aquí grabó "La Especie" su primera maqueta. En ruinas)
(C/ Río Seco. Pub Mochu. Hoy se llama de otra manera. Del antiguo local sólo queda la ubicación)
(Plaza de Abastos. Aquí cogía todas las mañanas el autobús para ir al colegio)
jueves, 23 de diciembre de 2010
KONSTANTIN NOVOSELOV
―¿Cómo explicaría el placer de investigar y descubrir a alguien no familiarizado con la ciencia? ―pregunta la periodista.
Konstantin Novoselov, que acaba de recibir el Premio Nobel de Física con apenas 36 años por su descubrimiento del grafeno, lo piensa unos segundos, sonríe, y apoyando levemente los codos sobre la mesa de su despacho de la Universidad de Manchester responde:
―Imagine que está recorriendo el Gran Cañón de Colorado o un sitio así de bonito en España, o en Canadá... El paisaje que se le va apareciendo ante los ojos es grandioso y uno sigue avanzando convencido de que un poco más allá habrá otro panorama más estupendo aún. Tienes que trabajar duro para avanzar, pero lo haces porque esperas encontrar algo magnífico, interesante. Esta es la mejor comparación con la investigación.
(Para leer la entrevista completa pincha aquí).
miércoles, 15 de diciembre de 2010
AIR DOLL
Air Doll es la última película del director japonés Kore-Eda Hirokazu. Cuenta la historia de una muñeca hinchable de tamaño natural que un buen día cobra vida y...
Como botón dejo el trailer de la película y un fragmento que me gusta mucho .
–Con permiso –dice la muñeca hinchable. Se sienta. Saca de su bolso unas agujas de punto y lana de color azul.
El viejo la mira. Fuma.
–Dime –dice el viejo –. ¿Has oído hablar de un insecto llamado “Efímera”? Ese insecto muere un día o dos después de dar a luz. Tiene el cuerpo vacío, no tiene ni estómago ni intestinos. En su interior solamente tiene huevos. Es una criatura nacida sólo para dar a luz. Los seres humanos no somos muy diferentes. Nada tiene sentido.
La muñeca lo mira.
–Yo también estoy vacía –dice, llevándose la mano al pecho.
–Qué coincidencia –dice el viejo, dándose también golpecitos en el pecho-, a mí me pasa lo mismo. Estoy vacío.
–¿Cree que habrá más como nosotros?
–Hoy en día todo el mundo está vacío.
–¿Todo el mundo? –pregunta la muñeca.
–Sí, sobre todo las personas que viven en ciudades como esta.
La muñeca mira al frente.
-No eres la única –dice el viejo.
La muñeca sonríe.
domingo, 5 de diciembre de 2010
HORMIGUEROS EN REPOSO
Me gustan los hormigueros, el caótico orden implícito en el tránsito inagotable de las hormigas. Me gusta observarlos durante los escasos instantes en los que la actividad frenética que bulle a su alrededor parece detenerse, para retomar enseguida su trasiego febril. En fin, qué quieren… es una distracción como otra cualquiera, tan respetable y carente de sentido como puede ser contar farolas, mirar pechos a escondidas o coleccionar callejeros de ciudades que nunca visitaré. Lo cierto es que esa sensación de soledad donde hasta hace sólo un momento había bullicio me relaja y conforta. Algunos de mis lugares favoritos son precisamente eso: hormigueros en reposo. Espacios que durante la mayor parte del día son un maremágnum de turistas ataviados con mochilas, planos y sandalias con calcetinillos blancos, que al llegar la noche se desprenden de toda presencia humana, presentándose puros para el paseante solitario.
A bote pronto me vienen a la cabeza hormigueros como Venecia al amanecer o el puente Carlos a medianoche. Pero tal vez sea la judería de Córdoba el hormiguero que mejor conozco, con las blancas fachadas de sus casas agujereadas por multitud de alcayatas que, con el nuevo día, se transformarán en mostradores al aire libre, repletos de trajes de gitana y souvenirs varios. Allí, a horas intempestivas, el tiempo parece haberse estancado, y uno no sabe si está en 2010 o en 1600. Precisamente fue en la judería donde, en uno de mis últimos paseos, me di de bruces con el mismísimo Luis de Góngora. Recuerdo que al verlo me detuve asombrado, y que por un segundo él también pareció inquietarse. No recuerdo lo que nos dijimos. A aquellas horas de la madrugada uno andaba notablemente perjudicado.
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