viernes, 8 de julio de 2011

UNA CENA PARA RECORDAR


(UNO)

A simple vista parecen una pareja normal, cenando en un restaurante normal del paseo marítimo de Torrevieja. Luego, cuando uno afina el oído y empieza a prestar atención a ciertos detalles, la situación se torna espeluznante. Bastará con saber que tanto él como ella deben de rondar los cincuenta, están casados (1), disfrutan de sus últimos días de vacaciones en Torrevieja (2) y les están infringiendo un rollo insufrible a una pareja de jóvenes guiris que (me juego a mi vieja) no van a olvidar esta cena en sus vidas. Sobra decir que los tortolitos (digamos que -por lo buena que está ella, por lo rosa que está él- parecen suecos) no son muy duchos en la lengua de Cervantes. Al chico (que está sentado enfrente, dos mesas por delante mía) no lo veo abrir la boca en toda la cena sino para esbozar una sonrisa de asentimiento que se va transmutando en una mueca forzada y vacía a medida que avanza la noche. La chica, en cambio, parece más comunicativa, y además de mover su cuello de arriba abajo de un modo compulsivo y frenético deja escapar de cuando en cuando algún lacónico “”, asociado siempre con un repertorio sofisticado de risitas tímidas y resignadamente asertivas.

Como la brisa agradable que llega del mar (3), el flujo de la conversación del matrimonio va y viene, lo que me impide captar la totalidad de su contenido. Por ejemplo, matices tan interesantes como los conectores (enlaces que dan fluidez al diálogo y permiten a los interlocutores trasladarse de un tema a otro con aparente naturalidad). Pese a todo, logro apuntar en mi móvil algunos extractos de este discurso memorable, los cuales dejo a continuación:

…que una cosa os quede muy clara: la iglesia miente; la ciencia no. (esta afirmación es la que me pone sobre aviso, la que me dice: “Almohada, pega la oreja que aquí hay tomate”).

…pero hoy, con los tiempos que corren, con el español y el inglés vas a todos lados.  (esto, al igual que el resto de la conversación, lo dicen hablando más alto, más despacio y moviendo mucho las manos, como si la combinación de todos esos factores incrementara de modo significativo su competencia lingüística. O como si el sueco fuera como el español, aunque hablado más alto, más despacio y siempre acompañado de exagerados aspavientos motrices).

…porque las colonias de España en la época de Felipe II eran el mundo. O sea: el mundo. (yo, qué quieren que les diga, desconfío bastante de la gente que, al hablar, utiliza la expresión “o sea” para repetir exactamente lo mismo que acaba de decir. No sé…, me parece una actitud dogmática por cuanto elimina toda posibilidad de discusión (y, por tanto, de diálogo). Algo similar me ocurre con los que usan con idéntico fin expresiones como “de hecho…” o la más rotunda “y punto”. En muchos de estos casos, el uso compulsivo de estas coletillas suele esconder una latente (aunque manifiesta) estrechez mental y argumental, de ahí que cuando advierto en una conversación una profusión notable de “o seas”, “de hechos” y/o “y puntos”, acompañada de un aluvión de datos escupidos sin ton ni son, no puedo evitar imaginarme a esa persona ojeando la Quo mientras defeca (4).

 …lo que no hagas hoy, mañana te arrepientes. (pensamiento profundo donde los haya, sobre todo cuando sale de los labios del verdugo que te está torturando).

mi marido y yo somos de Torremormojón,  Castilla y León. (para mí, sin duda, la mejor captura. A ver, es como si esa pareja de suecos casi prepuberales fueran y les dijeran a ustedes que son de Hudiksvall o de Söderhamm. Ubiquen eso (así, a bote pronto) en su mapa mental si tienen narices).



(DOS)

Un aspecto interesantísimo (de hecho, es lo que en un primer momento llama mi atención sobre ellos) es el modo en que el matrimonio invade el espacio personal de la tierna pareja mientras lo martiriza con su dialéctica insoportable. Esta flagrante y continua violación de su zona íntima es, desde mi punto de vista, una fantástica muestra del repertorio enorme de matices que encierra el comportamiento humano (5). Por esbozar sólo algunos detalles, digamos que ambos tienen la silla orientada hacia los jóvenes, casi en mitad del pasillo (con el consiguiente estorbo para el tránsito del resto de camareros y clientes). Constantemente les tocan los hombros y las manos. Hay un momento en que sus caras están tan cerca que el humo de sus cigarros (ambos fuman sin parar) y las micropulverizaciones de baba hacen encogerse al joven sueco hasta extremos que casi lindan con el contorsionismo. Por si esto fuera poco, el tono de voz tampoco ayuda (si yo puedo oír lo que dicen los torrejanos a varios metros de distancia, en mitad de un restaurante lleno hasta la bola que da a un paseo marítimo a reventar en esos momentos de gente, es fácil imaginar el volumen al que debe percibir la pareja de guiris las palabras de estos quemasangres).



(TRES)

Pero, de verdad, si cuento todo esto no es sino por la metamorfosis tan impresionante que tiene lugar en la conducta del matrimonio mayor, una vez que los suecos consiguen pagar y huir despavoridos. Todavía se distingue la silueta de los dos jóvenes a lo lejos cuando la pareja de Torremormojón, afectivamente hablando, ya se encuentra a millones de kilómetros de distancia el uno del otro. El lenguaje corporal, como hace un momento, es ilustrativo. Los cuerpos muestran ahora posturas claras de evitación. Las miradas siguen trayectorias opuestas, pululan  en una franja inaccesible e inhóspita donde sólo parecen tener cabida sentimientos como el desprecio, la apatía o el odio. Ambos no intercambian ni una sola palabra en el cuarto de hora largo que transcurre hasta que finalmente pagan y se levantan de la mesa. Yo (todavía no sé muy bien por qué) respiro aliviado al verlos salir. Y me quedo así, como alelado, viéndolos marchar, pensando en que cabrían casi dos coches entre esas manos que llevarán dios sabe cuántos años sin caminar entrelazadas. Manos, cuerpos, personas que, como decía una canción mítica de La Especie, tal vez lleven demasiado tiempo alimentándose de “sueños nacidos de mentiras compartidas”.



NOTAS:

(1)   Aprovechando una visita de la mujer al cuarto de baño logro distinguir con claridad una alianza en su anular derecho. Por el contrario, me resulta imposible atisbar en el hombre algún anillo de casado. No obstante, es él quien me proporciona la prueba definitiva de que ambos son matrimonio, cuando en un momento de la conversación/monólogo saca la cartera del bolsillo trasero de su pantalón y les enseña a los jóvenes unas fotografías de quienes tanto él como ella identifican con todo lujo de detalles (a) como sus vástagos.

a.      Sus nombres, lo que han estudiado, en qué trabajan, donde viven, cómo son sus casas, cuántos hijos tienen, cómo se llaman, a qué colegios van… ¿sigo? En fin… ya les dije que lo de esta pareja era tremendo.

(2)   Se marchan el miércoles (así se lo hace saber ella a un camarero, poco antes de pagar), para descanso de toda la población torrevejense (empadronados y turistas).

(3)   ¡Dios, que oración más cursi! Con esto (parafraseando a P. I. Miñano) he tocado roca madre. Y como veo que se me puede hacer de noche, mejor no hurgo…

(4)   Quién sabe si con la escatológica esperanza de poder excretar más adelante todos esos datos pseudocientíficos en el pestilente charco de mierda en el que han debido convertir su anodina vida social.

(5)   Para mí, psicología en estado puro. Lo curioso es que estoy escribiendo esto y pienso en que yo jamás estudie cosas como esta en la facultad de psicología. De ahí mi pregunta: ¿qué narices se estudia entonces en la facultad de psicología?. Si esto no es psicología, ¿qué es entonces psicología?

jueves, 30 de junio de 2011

¿FUTUROS LECTORES? (2)

Tal y como apuntaba en un post anterior, mis peores presagios comienzan a materializarse. Aunque, la verdad, es algo que ya se veía venir desde hace aproximadamente un mes cuando, acuciado por la falta de espacio, decidí reestructurar la biblioteca familiar. Eso me llevó a utilizar la repisa como estantería improvisada, idea que en un primer momento me gustó bastante, pues me iba a permitir agrupar (¡por fin!) todos los libros de poesía anteriormente desperdigados por la casa. Ni por asomo podía sospechar entonces que esos, precisamente, iban a ser los primeros ejemplares a los que iba a tener acceso mi crío en cuanto fuera capaz de incorporarse solo. Lo cierto es que el asunto tiene delito, pues su hermana mayor ya me había puesto sobre aviso hace algo más de un año, una mañana recién levantada en que se le cruzaron los cables y decidió de forma unilateral proclamar la biblioteca como su “Museo de los Libros”.


A partir de ese día la cría empezó a cobrarme entrada a la biblioteca y a “personalizar” todos los ejemplares colocados al alcance de su mano. Desde entonces son muchos los tomos que lucen mini pegatinas de Hanna Montana, princesas de Disney, estrellitas plateadas o, como en el caso del pobre Foster Wallace, simples rayajos. 





Eso sí, al menos los permanentes destrozos causados son compensados por la satisfacción de ver como día a día crece su interés por juntar y leer palabras. El pequeño, sin embargo, y aun a riesgo de emitir juicios precipitados, atesora muchas papeletas para convertirse de aquí a nada en una versión mucho más destructiva y letal que su hermana. 


Queda el consuelo, al menos, de saber que su primera elección no ha podido ser más acertada. En fin, no todo el mundo puede decir que el primer libro que tuvo entre sus manos fue la poesía completa de Borges (1)



(1) Aunque lo que luego hizo con él, casi mejor me lo reservo.

miércoles, 15 de junio de 2011

¿FUTUROS LECTORES? (1)

La idea era avanzar un poco el delicioso tocho de Denis Johnson mientras mi enano se entretenía con su piano de juguete. Luego, todavía no sé cómo, una cosa llevó a la otra, y cuando quise darme cuenta mi hijo estaba destrozando el libro al tiempo que yo interpretaba ensimismado el estribillo de “A La Mancha manchega” (1).


En fin..., benditos los libros hechos trizas así, si su sacrificio inocula a cambio el gusanillo de la lectura en el inconsciente de los diminutos vándalos.


NOTA:

(1)                          A La Mancha manchega que hay mucho vino,
                               mucho pan, mucho aceite, mucho tocino.
                              Y si vas a La Mancha no te alborotes,
                               porque estás en la tierra de Don Quijote.

jueves, 9 de junio de 2011

UN REGALO MUY ESPECIAL

Había oído hablar de ella. De hecho, llevaba toda la vida escuchando a otros consumidores parlotear sin cesar sobre ella, aunque no de un modo distinto a como sucede con otras entidades míticas como el Yeti, el Saci- pererê o el monstruo del lago Ness. Ya saben, todo el mundo se refiere a ellos con extraordinaria familiaridad, aunque nadie los ha visto (o, por lo menos, no han podido documentar científicamente su existencia). 

Por ese motivo yo intentaré sustentar mi increíble hallazgo con la publicación en esta entrada de algunas inquietantes fotografías (1). Comenzaré diciendo que el prodigioso avistamiento del que voy a hacerles partícipes tuvo lugar esta mañana, de improviso mientras desayunaba mi habitual tazón de muesli con chocolate y Cola Cao. Dicho esto, y aunque sólo sea con fines aclaratorios, considero relevante hacer aquí un breve inciso, a fin de arrojar algo de luz acerca de dos aspectos aparentemente superfluos (2), pero que a la larga contribuirán sin duda a simplificar a los legos en la materia la comprensión de tan enigmática situación:


1.       CÓMO SUELO PREPARARME EL DESAYUNO (3)


(Paso 1º: Vierto el muesli sobre el tazón).


(Paso 2º: Añado abundante Cola Cao al muesli).


(Paso 3º: Cubro la mezcla con leche entera (4)).


2.       CÓMO INGIERO MI DESAYUNO.
Este capítulo (no digan luego que no avisé) puede herir la sensibilidad de algunos espíritus delicados. Y es que existen ciertos detalles del proceso de masticación y deglución del desayuno arriba descrito que (sacados de contexto) podrían ser malinterpretados y causar verdadero asco entre los lectores. Resumamos pues diciendo que cada cucharada que me llevo a la boca no es engullida sin más, sino que es sometida a un exhaustivo proceso de separación y almacenaje (por complejísimos mecanismos de sensibilización lingual) que distribuye el muesli, los frutos secos y los trocitos de chocolate negro por diferentes zonas de mi cavidad oral. 


Luego, una vez realizada la criba, mastico e ingiero de forma metódica y ordenada primero el muesli y después las avellanas. En lo que respecta a los trocitos de chocolate, tras limpiarlos concienzudamente de posibles trazas, los extraigo con cuidado de la boca y los reservo para el final sobre una servilleta de papel. Mas tarde, una vez apurado el tazón de muesli, me como a cucharadas los trozos de chocolate tan esmerada y concienzudamente reservados. Su sabor, ingeridos así, es inigualable.


Pues bien, a lo que iba. Decía en la introducción de esta entrada que durante años sólo había oído hablar de su existencia. Sin embargo hoy, justo el día en que alcanzo la cuarentena, el destino me ha sorprendido con una agradable sorpresa, que no es otra que comprobar que sí, que no es un sueño, que la gran pepita de chocolate de la que todos los grandes consumidores de muesli hablan sin parar existe de verdad. 

 (Impagable instantánea del momento preciso en el que es descubierta la gran pepita de chocolate)

Bien es cierto que, más que forma de pepita, tiene forma cuadrada (en realidad se asemeja bastante a una vulgar onza de chocolate). Pero, qué diablos. Yo la he visto. La he tenido entre mis manos. Y puedo decir con orgullo que la famosa gran pepita de chocolate que todo el mundo buscaba ansioso en sus tazones de muesli recorre plácidamente desde hace unas horas los entresijos de mi agradecido aparato digestivo.

(Fotografía en la que se aprecia con nitidez el descomunal tamaño de la gran pepita, en comparación con los vulgares trocitos de chocolate negro)

NOTAS:

(1)    Las tres primeras instantáneas son, obviamente, reconstrucciones, por lo que su valor es simplemente ilustrativo.

(2)    Tal vez las palabras que mejor pueden definir estas situaciones sean “personal” o “doméstico”.

(3)    No lo había pensado hasta ahora, pero lo cierto es que, en lo que a desayunos se refiere, tengo bastantes anécdotas curiosas y manías. Otro día, si la cosa se tercia, les hablaré largo y tendido del famoso “churro palanca”.

(4)    Recientemente dos científicos de la Universidad de Málaga han demostrado científicamente (4.a) que la leche semidesnatada (y no digamos la desnatada) ejerce sobre el revoltijo de cereales, frutos secos y Cola cao un acentuado efecto ablandador, llegando a acelerar (en conjunción con otras variables térmico-ambientales) hasta en casi un 40% el proceso de destexturización de la mezcla.

(4.a) АГУИЛАР ЕСПИНОСА, А. И МАРТИН АРЈОНА, Ф. (2,007) “Утицај пуномасног млека на доследности и свежину мусли”.  Часопис Срба Нутриционисти. Београд. (Traducción al castellano: AGUILAR ESPINOSA, A. y MARTÍN ARJONA, F. (2.007): “Influencia de la leche entera sobre la consistencia y frescura del muesli”. Revista de la Sociedad de Nutricionistas Servios. Belgrado)

martes, 31 de mayo de 2011

¡QUÉ REMEDIO!

Esta es una de esas noches en las que mis pies descalzos terminan siempre por esbozar un sendero sobre el parquet, a fuerza de tanto acunar a mi enano por todas las estancias de la casa; un camino que, en mi caso, no lleva a Roma, sino a la pequeña biblioteca familiar. Es ahí donde me encuentro ahora, sentado en el futón con el bebé dormido, entregado al insustancial entretenimiento de imaginar cómo verá él esta habitación dentro de apenas unas semanas, cuando comience a andar y los libros apilados en las estanterías surtan en él el mismo efecto que en su padre va ejerciendo ya su inminente entrada en la cuarentena.  


viernes, 6 de mayo de 2011

PERDIENDO EL TIEMPO...

Una constatación más de mi injustificable tendencia a malgastar el tiempo en ocupaciones estériles podemos encontrarla en mi última visita a Córdoba, donde he pasado horas y horas asomado a la ventana del comedor de mi hermana, observando el magnífico edificio en ruinas de enfrente, especulando cómo serían los días cuando todos esos negocios que ahora están cerrados vivieran sus días de esplendor. 


En fin, tal vez sea ese mi sino: contemplar la vida que fluye ahí fuera mientras dejo pasar la mía de largo.

lunes, 25 de abril de 2011

LA TRANSITIVIDAD EN LA TOMA DE DECISIONES GASTRONÓMICO-LITERARIAS

Llevo más de dos semanas recopilando reflexiones basadas en la fila de libros que día tras día se amontona en mi lavabo. Hasta la fecha he registrado 53, y sospecho que así, perdido en disquisiciones inútiles, podría seguir mucho tiempo de no ser porque mis cortas entendederas se están empezando a hacer la picha un lío con semejante rebujina de gustos, preferencias y estúpidas correlaciones entre, por ejemplo, el índice de masa corporal de los escritores y el grado de compromiso postmodernista de sus obras. Por ese motivo he pensado que tal vez lo más sensato sea centrarse en una de ellas, e intentar desarrollarla lo mejor posible. Básicamente, la reflexión elegida (1) es ésta:

Que, en lo que respecta a (mis) gustos literarios, el orden no importa. Los libros se van acumulando en mi lavabo, y estar al final de esa simbólica fila que cambia casi a diario no es sinónimo en absoluto de haber caído en el olvido. La Literatura, pienso, no se rige por relaciones transitivas. 
Aquí, que A > B y B > C no implica que A > C. Literatura ≠ Matemáticas.

(Fila de libros de mi lavabo. 10 de abril de 2011 -18:08 horas-)

(Fila de libros de mi lavabo. 25 de abril de 2011 -00:51 horas-)

Como puede apreciarse, la fila de libros ha evolucionado en el tiempo transcurrido entre esta entrada y la anterior. Así, se han incorporado algunos libros, otros han desaparecido, todos los que ya estaban han cambiado de lugar. Pero, eso sí, ninguno ha sido devuelto a su estantería sin haber recibido, al menos, una oportunidad de mostrarse tal cual es.

Toda esta historia de la transitividad aplicada a la Literatura me ha recordado varios supuestos prácticos sobre toma de decisiones estudiados hace siglos en Psicología de Grupos. Y, de modo especial, una curiosísima (aunque poco conocida) anécdota protagonizada en febrero de 2008 por un grupo de acreditados escritores y críticos literarios, durante el transcurso de las XXVII Jornadas Cervantinas de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). De todos es sabido la civilizada aunque abierta rivalidad existente desde hace años entre las poblaciones ciudadrealeñas de Argamasilla de Alba y Villanueva de los Infantes, nacida del anhelo de ambas localidades por demostrar que ellas y sólo ellas son ese lugar de La Mancha de cuyo nombre no quería acordarse Cervantes en el inicio de su magistral obra. Pues bien, con ese contexto de autoafirmación histórica como telón de fondo, una comisión de Académicos de la Argamasilla y de la Orden Literaria Francisco de Quevedo consigue reunir en Villanueva de los Infantes, entre los días 8 y 10 de febrero, a un heterogéneo grupo de seis literatos. La idea (así se deduce de la lectura del programa de las Jornadas) es que estos especialistas conversen entre ellos y aporten en los diferentes coloquios y mesas redondas programadas nuevos matices a la lectura de El Quijote. También, si es posible, que unifiquen puntos de vista sobre el espinoso tema del lugar original donde vivió Alonso Quijano. Lo curioso de todo esto es que entre las actividades a realizar durante las Jornadas Cervantinas se encuentra un singular concurso culinario protagonizado por los seis prosistas.  

Básicamente, tres de ellos (administradores de tres reputados blogs de crítica literaria) tienen ante sí un reto singular: dirimir cuál de los otros tres literatos (todos ellos reconocidos escritores) es el que mejor prepara un caldillo de conejo manchego. Los críticos en cuestión son Vicente Luis Mora (Diario de Lecturas), José Luís Amores (Bolmangani) y Fernando Valls (La nave de los locos). Los escritores son Javier Marías, Agustín Fernández Mallo y el tristemente desaparecido David Foster Wallace (2). 

Tras entregar a cada uno de los escritores (cocineros) los ingredientes necesarios (3) comienza el concurso. Todo marcha a pedir de boca hasta que llega el momento en el que el Jurado ha de decidir qué caldillo de conejo está más rico. Tras unos instantes de deliberación, Valls, Amores y Mora acuerdan que una forma justa y racional de calificar los caldillos tal vez sea presentarlos por parejas y que cada uno elija cual de los dos prefiere. Una vez establecidas las parejas, los tres críticos anotan sus preferencias, que son éstas:



Llegado a este punto, don Alonso Aguilar Espinosa (académico de la Argamasilla que a la sazón está ejerciendo como secretario en todo este proceso) toma la palabra para anunciar a bombo y platillo que no es preciso seguir votando, pues ya tenemos un caldillo de conejo ganador. Su argumento es que si el caldillo de Javier Marías es mejor que el de Agustín Fernández Mallo, y a su vez el de Agustín Fernández Mallo es mejor que el de David Foster Wallace, por fuerza el caldillo de Javier Marías debe ser mejor que el de David Foster Wallace. La lógica expuesta por el académico es tan abrumadora que en la plaza la multitud estalla en aplausos y hurras al ganador. Sin embargo, cuando instantes después Doña Casimira López, directora de las Jornadas Cervantinas, se dispone a entregar al escritor Javier Marías su peso en vino como vencedor del concurso, José Luís Amores (no sabemos si por joder un poco la marrana o porque intuye que hay algo que no cuadra en todo este asunto) levanta la mano y comenta que las cosas bien hechas bien parecen, y que no se pierde nada por comparar también el caldillo de David Foster Wallace con el de Javier Marías. Hay que puntualizar que llegado ese momento son casi las cuatro y media de la tarde y el público asistente está deseando meterle mano ya a los caldillos, de modo que Doña Casimira López, visiblemente contrariada, y en un intento por acelerar la votación, decide complacer al señor Amores y pide a los miembros del jurado que terminen de una vez por todas su valoración. Ni de lejos puede imaginar el tremendo pifostio que se va a liar en la plaza instantes después, cuando tras votar los tres críticos se obtienen estos imprevisibles resultados:


La multitud clama entonces que no puede ser, que eso es imposible, que sin duda alguno de los críticos ha modificado sus preferencias. Sin embargo, una vez repasado el orden de las decisiones dado por los tres miembros del jurado, don Alonso Aguilar Espinosa comprueba que todo está correcto y que ninguno de ellos ha hecho trampa.


Como ocurre con los libros que tengo en mi lavabo, la propiedad transitiva (en concreto, la famosa paradoja de Condorcet) les acaba de jugar una mala pasada a todos. Afortunadamente, no hay nada que no se arregle con un buen caldillo y una bota de vino, como puede apreciarse en la siguiente fotografía:

(Los seis protagonistas disfrutando de uno de los tres caldillos. De izda a dcha: Fernando Valls, Agustín Fernández Mallo, Vicente Luis Mora (agachado), Javier Marías. David Foster Wallace -demostrando en el manejo de la bota de vino su extraordinaria capacidad de adaptación al páramo manchego- y José Luis Amores)


NOTAS

(1) Creo conveniente señalar que esta reflexión ocupa el lugar 3º en mi lista de 53, y que es posible que esta sea la causa por la cual la he elegido. Al igual que sucede con frecuencia en los procesos de toma de decisiones, las primeras reflexiones suelen ser a la postre las más atinadas, de modo que si ésta les parece una chorrada, no quiero ni imaginar qué pasaría por sus cabezas si leyeran la número 53.

(2) Resulta curioso, pero entre las muchas hipótesis y devaneos mentales vertidos en relación al desdichado final de este impresionante escritor, hay uno (Martín Arjona, F.; 2009) que vincula el irreversible deterioro del estado de ánimo de Foster Wallace durante sus últimos días con la imposibilidad por reproducir (ya de vuelta en su casa de Claremont) el inigualable sabor del caldillo de conejo manchego.

(3) INGREDIENTES PARA COCINAR UN CALDILLO DE CONEJO (para 4 personas):
  • 2 conejos (preferentemente de campo).
  • 1- 1 ½  kg de patatas.
  • 1-2 cebollas grandes.
  • 1 pimiento (rojo o verde).
  • 2 tomates.
  • Laurel.
  • Ajos (5-6 dientes).
  • Pimentón picante.
  • Aceite.
  • Sal.
  • Agua.


BONUS TRACK:

¿CÓMO PREPARAR UN CALDILLO? (Por don Sebastián De Lara, Presidente de la AGM -Asociación Gastronómica Manchega-)

Con los ingredientes señalados arriba, primero troceamos los conejos, pelamos las patatas y las cortamos en rodajas (de ½  a 1 cm aproximadamente). También troceamos el pimiento y la cebolla.

Acto seguido se sofríe el conejo con un poco de aceite y sal, y añadimos los dientes de ajo. Cuando estos comienzan a dorarse añadimos la patata, el laurel, el pimiento, la cebolla y el pimentón picante (al gusto), y lo rehogamos todo durante 2 o 3 minutos.

Finalmente cubrimos de agua y añadimos un par de tomates enteros. Dejamos a fuego medio hasta que veamos que el conejo y la patata están cocidos (unos 45-50 minutos). Probamos de vez en cuando para rectificar la sal y esperamos a que la patata esté cocida para triturar los tomates dentro del caldillo.

Retiramos del fuego y… listo.

¡Buen provecho!

(Pues eso)

lunes, 11 de abril de 2011

BREVES APUNTES SOBRE TÉCNICAS PARA EL INCREMENTO DE LA EFICIENCIA LECTORA

Últimamente (por circunstancias domésticas que no vienen al caso) mi rol de lector ha quedado constreñido a los escasos dos metros cuadrados de mi cuarto de baño, hasta el punto de que el ritmo de mis lecturas anda totalmente supeditado al número diario de mis deposiciones. El lavabo se ha convertido en una especie de estante donde el jabón y el cepillo de dientes conviven con una decena de libros y revistas que voy consumiendo a sorbitos (por no emplear otros términos más explícitos que deriven este post hacia territorios escatológicos y excrementicios). 


Tal reducción de mi yo lector me ha llevado a poner en marcha un rudimentario autoanálisis (deformaciones de psicólogo, digo yo), con la esperanza de:

  1. Tomar conciencia acerca de mis preferencias lectoras actuales.
  2. Hallar un puñado de estrategias que me permitan incrementar un poco mi tiempo de lectura o, en su defecto, optimizarlo.
Con vuestro permiso me gustaría comenzar por el segundo punto. Ahí van cuatro, como botón de muestra:
  
1.    Técnicas de personalización ergonómica (Orinar sentado): tras dos semanas de exhaustivos registros he comprobado que este simple cambio postural puede dilatar mi tiempo dentro del cuarto de baño hasta un 86 %. Y, en fin, a más tiempo sentado, más páginas leídas. 

2.       Estrategias de organización espacial (Hacer el amor sobre un lecho forrado con fragmentos literarios): con la aplicación de esta medida he conseguido leer mientras retozo con mi pareja. Por una simple cuestión temporal recomiendo los aforismos, el microcuento o la poesía (los haikus son perfectos para coitos fugaces), pues por experiencia sé que el hilo argumental de las novelas o determinadas piezas teatrales a veces se diluye entre polvo y polvo. Ahora bien, quisiera señalar que esta estrategia (de entrada muy romántica) en ocasiones puede tornarse poco práctica (mola mucho recitarle al oído a tu chica poemas de Benedetti en esos momentos tan íntimos, pero cuando como un servidor tienes dos enanos reclamando insistentemente tu atención, encontrar media hora de desfogue implica siempre una decisión excluyente: o recitas o follas).  

3.       Modificación de los hábitos y rutinas del sueño (Dormir con un ojo mientras lees con el otro): reconozco que todavía no he puesto en marcha esta estrategia, pero el padre de un amigo mío asegura que, antes de jubilarse, conducía así su autobús muchas noches mientras cubría el trayecto Algeciras - La Junquera. 

4.       Técnicas de condicionamiento encubierto (Sensibilización encubierta. Upper y Cautela): he comprobado que buena parte del escaso tiempo libre del que dispongo (de madrugada, una vez liberado de mis obligaciones familiares y laborales) suelo invertirlo en actividades tan poco productivas como fisgonear compulsivamente en Facebook o ver porno surcoreano. Creo que una forma eficaz de derivar estas horas perdidas hacia la lectura puede ser la sensibilización encubierta. Para ello es fundamental elegir un estímulo aversivo contundente (en mi caso, evocar la indescriptible sensación que sentía cuando de pequeño mi madre me limpiaba los oídos metiéndome el pico de su delantal previamente impregnado en abundante saliva). Luego basta con relajarse y aprender a asociar la situación agradable (una actriz porno, el perfil de alguna amiga buenorra) con el estímulo desagradable (mis oídos empapados de saliva caliente), y recrear la espeluznante escena un buen número de veces durante cada sesión. Si esto no es suficiente, siempre puedes favorecer la aversión al estímulo no deseado mediante el uso de determinadas ayudas (como la aplicación de pequeñas descargas eléctricas en el pene con una vulgar pila de petaca; o sumar a la imagen de tu madre hurgando en tus orejas la de tu bisabuelo expectorando como un poseso a dos centímetros de tu sopa). Esto es lo que se conoce como “sensibilización encubierta asistida”, y si con ella tu rendimiento lector no mejora es que o tienes muy poca imaginación o realmente estás muy pero que muy salido.

Estoy agotado. Otro día más.

martes, 22 de marzo de 2011

ANTICIPANDO LA CRISIS

Soy consciente de que los tres o cuatro incondicionales que siguen con cierta asiduidad mis desvaríos por este páramo habrán percibido un suave descenso en las entradas durante estos últimos meses. Podría excusar tanto abandono aludiendo a las limitaciones de mi intelecto (lo que no es ningún secreto), o a un repentino estado de apatía que hubiera hecho mella en mi organismo. Pero, de hacerlo, estaría faltando a la verdad. Pues no es pereza ni mediocridad lo que ha ralentizado el progreso de este blog, sino todo lo contrario. La tan temida crisis de los cuarenta ha empezado a hacer acto de presencia en un servidor, y desde hace unos meses no es que no quiera hacer cosas, es que quiero hacer cosas nuevas. Diferentes. No sé, siento que necesito plantearme nuevos retos, asumir riesgos que le den un nuevo sentido a mi vida. No quiero decir con esto que desde un tiempo a esta parte haya vivido encerrado en un cuarto de 2 m² para escribir durante quince horas al día la novela del siglo, o arrojar algo de luz sobre la fusión fría o el bosón de Higgs. Mis metas, para qué negarlo, han sido mucho más humildes, pero eso no quita para que juzgue estos últimos meses como un lapso de tiempo regido por el esfuerzo y las privaciones constantes (por no hablar de los innumerables sacrificios familiares). Tal vez por eso ahora estoy en disposición de valorar tanto lo conseguido. Y es que, tras ocho largos meses, he conseguido que mi sueño se haga realidad. ¡Por fin mis tortugas han realizado su primer Castell!


He de confesar que la idea primigenia surgió de modo espontáneo e involuntario, una tarde en casa mientras reproducía en mi portátil un vídeo sobre castells grabado semanas antes en la localidad barcelonesa de Vilanova i la Geltrú, con motivo de la celebración de la “Festa Major”. Recuerdo que yo estaba en la cocina, preparando una ensalada para cenar, cuando al sonido de las “gralles” y “timbals” observé impertérrito cómo los tres galápagos de mi terrario iniciaban un esbozo de agrupamiento vertical. Ustedes me disculparán si no desvelo los detalles técnicos del entrenamiento seguido con las tortugas desde aquel día (entre otras cosas, porque la experiencia ha sido admitida para publicación en una revista ucraniana de etología), pero adelantemos al menos que el mérito es consecuencia del diseño y puesta en marcha de un sofisticado programa de modificación de conducta (sustentado tanto en el condicionamiento encubierto, como en el control estimular y la alteración de los hábitos dietéticos de los galápagos).

sábado, 5 de marzo de 2011

SOJA Y LOMO EN MANTECA

Me dio el punto. Había ingerido tanta porquería durante mi estancia en Londres que nada más poner los pies en casita me propuse empezar a comer sano. Compré lechuga y tomates. Fruta. Hasta puse granos de soja en remojo. Y, justo cuando estaba a punto de iniciar mi particular andadura por los senderos de la alimentación saludable, mi madre se presentó en casa con un tapper enorme de lomo en manteca.  Desde entonces mis desayunos, meriendas y cenas no destacan precisamente por su equilibrio nutricional. Pero, qué diablos, hacía años que no tomaba un buen tazón de café con unas tostadas de lomo en manteca como Dios manda.

martes, 1 de marzo de 2011

LONDRES EN 10 INSTANTES (Y 3)

SIETE: Chinatown (Whitcomb Street): Por 9,95 £ me doy un atracón tremendo de cerdo agridulce en el buffet de un restaurante chino. 


La comida, sin embargo, me sienta tan mal que al cabo de un rato empieza a revolotear por mi estómago, y el malestar ya no cesa hasta que horas más tarde acabo de rodillas frente al váter de mi habitación. Debo señalar (para no faltar a la verdad) que entre el atracón de cerdo agridulce y la posterior pota caen varias Tsingtao y Tiger (suaves cervecitas que hasta entonces nunca había probado).


Eso, por no hablar del curioso botellón que mis simpáticos compañeros de viaje se inventan poco después de la cena en la habitación 39 del hotel. Allí, entre lingotazos de ron con Coca Cola y un montón de chistes pésimos, todos comprobamos que los milagros existen y que las fantasías más calenturientas a veces se hacen realidad, cuando en la ventana de enfrente una morenaza recién salida de la ducha empieza a mostrar sin pudor al mundo entero su hermoso cuerpo mojado. Yo, para qué mentir, desnuda sé que está porque así lo manifiestan mis alcoholizados compañeros, pues entre la situación de semi-aplastamiento contra la ventana a la que soy sometido por estos cuatro energúmenos y las dioptrías que voy acumulando año tras año, ver, lo que se dice ver, no consigo ver una mierda. Así que ahí me tienen, entornando los ojos como un gilipollas, sin lograr distinguir más que un bulto que igual puede ser la vecina que un armario o una cortina, mientras ellos no paran de dar detalles acerca de sus medidas, color de piel y hasta de un piercing plateado que al parecer brilla en su ombligo.


OCHO: Westminster Abbey (Victoria Street). Me encuentro a escasos metros de (lo que queda de) Darwin, Newton o Dickens, y al igual que me ocurrió hace años mientras paseaba en Florencia por las inmediaciones de la Basilica de Santa Croce (donde, entre muchos otros, reposan Galileo, Maquiavelo o Marconi), o me sobreviene cada vez que deambulo de madrugada por la judería de Córdoba (y me topo con la casa donde murió Góngora o vivió Garcilaso de la Vega), pienso en que ya se me podría pegar a mí algo del talento de toda esa gente ilustre, como si la excelencia se contagiara por proximidad. La realidad, sin embargo (pienso mientras ahogo mis penas ante una helada pinta de Strongbow), es que sigo siendo el mismo tipo mediocre de siempre, el mismo individuo gris que llegó a Londres hace unos días con la secreta esperanza de encontrar algunos de los lugares donde habían consumido su vida algunos de sus escritores preferidos. Había leído no sé donde que por toda la ciudad había repartidas más de 800 placas azules que señalaban al visitante curioso las casas donde una vez vivieron gente como Oscar Wilde, Virginia Wolf, Conan Doyle o Freud, de modo que me he pasado casi todo el viaje con tortícolis de tanto mirar hacia arriba, en busca de las dichosas plaquitas azules. Sobra decir que mi fracaso, una vez más, ha sido mayúsculo, y sólo cuando ya me iba camino del aeropuerto logré descubrir una placa en la misma calle del hotel, dedicada a Norman Lockyer (1).



NUEVE: Este instante es la suma de muchos pequeños instantes, materializados en las fotografías que he ido tomando de la ciudad durante estos días. Después de todo, qué otra cosa hace un turista en Londres sino echar fotos como un desquiciado (algunos, en el colmo de su estupidez, hasta las borran sin querer).






 DIEZ:


(1) Ya de regreso en casa, encontré algunos sitios interesantes para localizar muchas de estas placas. Para ver dos de ellos pincha aquí y aquí.

NOTA: Muchas de las fotos que aparecen en este “Londres en 10 instantes” no son mías, sino de mi amigo Sebas, quien no sólo me las ha prestado sino que además se las apañó para rescatar de mi tarjeta todas las que yo había borrado accidentalmente (¡Lo que hacen los ingenieros!). Como las fotografías incluidas en estos últimos tres posts son muchas, llevaría su tiempo señalar una por una su autoría, de modo que simplifiquemos el proceso diciendo que si la foto está bien hecha y es bonita, entonces es suya.