Esta es una de esas noches en las que mis pies descalzos terminan siempre por esbozar un sendero sobre el parquet, a fuerza de tanto acunar a mi enano por todas las estancias de la casa; un camino que, en mi caso, no lleva a Roma, sino a la pequeña biblioteca familiar. Es ahí donde me encuentro ahora, sentado en el futón con el bebé dormido, entregado al insustancial entretenimiento de imaginar cómo verá él esta habitación dentro de apenas unas semanas, cuando comience a andar y los libros apilados en las estanterías surtan en él el mismo efecto que en su padre va ejerciendo ya su inminente entrada en la cuarentena.
martes, 31 de mayo de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
PERDIENDO EL TIEMPO...
Una constatación más de mi injustificable tendencia a malgastar el tiempo en ocupaciones estériles podemos encontrarla en mi última visita a Córdoba, donde he pasado horas y horas asomado a la ventana del comedor de mi hermana, observando el magnífico edificio en ruinas de enfrente, especulando cómo serían los días cuando todos esos negocios que ahora están cerrados vivieran sus días de esplendor.
En fin, tal vez sea ese mi sino: contemplar la vida que fluye ahí fuera mientras dejo pasar la mía de largo.
lunes, 25 de abril de 2011
LA TRANSITIVIDAD EN LA TOMA DE DECISIONES GASTRONÓMICO-LITERARIAS
Llevo más de dos semanas recopilando reflexiones basadas en la fila de libros que día tras día se amontona en mi lavabo. Hasta la fecha he registrado 53, y sospecho que así, perdido en disquisiciones inútiles, podría seguir mucho tiempo de no ser porque mis cortas entendederas se están empezando a hacer la picha un lío con semejante rebujina de gustos, preferencias y estúpidas correlaciones entre, por ejemplo, el índice de masa corporal de los escritores y el grado de compromiso postmodernista de sus obras. Por ese motivo he pensado que tal vez lo más sensato sea centrarse en una de ellas, e intentar desarrollarla lo mejor posible. Básicamente, la reflexión elegida (1) es ésta:
Que, en lo que respecta a (mis) gustos literarios, el orden no importa. Los libros se van acumulando en mi lavabo, y estar al final de esa simbólica fila que cambia casi a diario no es sinónimo en absoluto de haber caído en el olvido. La Literatura, pienso, no se rige por relaciones transitivas.
Aquí, que A > B y B > C no implica que A > C. Literatura ≠ Matemáticas.
Aquí, que A > B y B > C no implica que A > C. Literatura ≠ Matemáticas.
(Fila de libros de mi lavabo. 10 de abril de 2011 -18:08 horas-)
(Fila de libros de mi lavabo. 25 de abril de 2011 -00:51 horas-)
Como puede apreciarse, la fila de libros ha evolucionado en el tiempo transcurrido entre esta entrada y la anterior. Así, se han incorporado algunos libros, otros han desaparecido, todos los que ya estaban han cambiado de lugar. Pero, eso sí, ninguno ha sido devuelto a su estantería sin haber recibido, al menos, una oportunidad de mostrarse tal cual es.
Toda esta historia de la transitividad aplicada a la Literatura me ha recordado varios supuestos prácticos sobre toma de decisiones estudiados hace siglos en Psicología de Grupos. Y, de modo especial, una curiosísima (aunque poco conocida) anécdota protagonizada en febrero de 2008 por un grupo de acreditados escritores y críticos literarios, durante el transcurso de las XXVII Jornadas Cervantinas de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). De todos es sabido la civilizada aunque abierta rivalidad existente desde hace años entre las poblaciones ciudadrealeñas de Argamasilla de Alba y Villanueva de los Infantes, nacida del anhelo de ambas localidades por demostrar que ellas y sólo ellas son ese lugar de La Mancha de cuyo nombre no quería acordarse Cervantes en el inicio de su magistral obra. Pues bien, con ese contexto de autoafirmación histórica como telón de fondo, una comisión de Académicos de la Argamasilla y de la Orden Literaria Francisco de Quevedo consigue reunir en Villanueva de los Infantes, entre los días 8 y 10 de febrero, a un heterogéneo grupo de seis literatos. La idea (así se deduce de la lectura del programa de las Jornadas) es que estos especialistas conversen entre ellos y aporten en los diferentes coloquios y mesas redondas programadas nuevos matices a la lectura de El Quijote. También, si es posible, que unifiquen puntos de vista sobre el espinoso tema del lugar original donde vivió Alonso Quijano. Lo curioso de todo esto es que entre las actividades a realizar durante las Jornadas Cervantinas se encuentra un singular concurso culinario protagonizado por los seis prosistas.
Básicamente, tres de ellos (administradores de tres reputados blogs de crítica literaria) tienen ante sí un reto singular: dirimir cuál de los otros tres literatos (todos ellos reconocidos escritores) es el que mejor prepara un caldillo de conejo manchego. Los críticos en cuestión son Vicente Luis Mora (Diario de Lecturas), José Luís Amores (Bolmangani) y Fernando Valls (La nave de los locos). Los escritores son Javier Marías, Agustín Fernández Mallo y el tristemente desaparecido David Foster Wallace (2).
Tras entregar a cada uno de los escritores (cocineros) los ingredientes necesarios (3) comienza el concurso. Todo marcha a pedir de boca hasta que llega el momento en el que el Jurado ha de decidir qué caldillo de conejo está más rico. Tras unos instantes de deliberación, Valls, Amores y Mora acuerdan que una forma justa y racional de calificar los caldillos tal vez sea presentarlos por parejas y que cada uno elija cual de los dos prefiere. Una vez establecidas las parejas, los tres críticos anotan sus preferencias, que son éstas:
Llegado a este punto, don Alonso Aguilar Espinosa (académico de la Argamasilla que a la sazón está ejerciendo como secretario en todo este proceso) toma la palabra para anunciar a bombo y platillo que no es preciso seguir votando, pues ya tenemos un caldillo de conejo ganador. Su argumento es que si el caldillo de Javier Marías es mejor que el de Agustín Fernández Mallo, y a su vez el de Agustín Fernández Mallo es mejor que el de David Foster Wallace, por fuerza el caldillo de Javier Marías debe ser mejor que el de David Foster Wallace. La lógica expuesta por el académico es tan abrumadora que en la plaza la multitud estalla en aplausos y hurras al ganador. Sin embargo, cuando instantes después Doña Casimira López, directora de las Jornadas Cervantinas, se dispone a entregar al escritor Javier Marías su peso en vino como vencedor del concurso, José Luís Amores (no sabemos si por joder un poco la marrana o porque intuye que hay algo que no cuadra en todo este asunto) levanta la mano y comenta que las cosas bien hechas bien parecen, y que no se pierde nada por comparar también el caldillo de David Foster Wallace con el de Javier Marías. Hay que puntualizar que llegado ese momento son casi las cuatro y media de la tarde y el público asistente está deseando meterle mano ya a los caldillos, de modo que Doña Casimira López, visiblemente contrariada, y en un intento por acelerar la votación, decide complacer al señor Amores y pide a los miembros del jurado que terminen de una vez por todas su valoración. Ni de lejos puede imaginar el tremendo pifostio que se va a liar en la plaza instantes después, cuando tras votar los tres críticos se obtienen estos imprevisibles resultados:
La multitud clama entonces que no puede ser, que eso es imposible, que sin duda alguno de los críticos ha modificado sus preferencias. Sin embargo, una vez repasado el orden de las decisiones dado por los tres miembros del jurado, don Alonso Aguilar Espinosa comprueba que todo está correcto y que ninguno de ellos ha hecho trampa.
Como ocurre con los libros que tengo en mi lavabo, la propiedad transitiva (en concreto, la famosa paradoja de Condorcet) les acaba de jugar una mala pasada a todos. Afortunadamente, no hay nada que no se arregle con un buen caldillo y una bota de vino, como puede apreciarse en la siguiente fotografía:
(Los seis protagonistas disfrutando de uno de los tres caldillos. De izda a dcha: Fernando Valls, Agustín Fernández Mallo, Vicente Luis Mora (agachado), Javier Marías. David Foster Wallace -demostrando en el manejo de la bota de vino su extraordinaria capacidad de adaptación al páramo manchego- y José Luis Amores)
NOTAS
(1) Creo conveniente señalar que esta reflexión ocupa el lugar 3º en mi lista de 53, y que es posible que esta sea la causa por la cual la he elegido. Al igual que sucede con frecuencia en los procesos de toma de decisiones, las primeras reflexiones suelen ser a la postre las más atinadas, de modo que si ésta les parece una chorrada, no quiero ni imaginar qué pasaría por sus cabezas si leyeran la número 53.
(2) Resulta curioso, pero entre las muchas hipótesis y devaneos mentales vertidos en relación al desdichado final de este impresionante escritor, hay uno (Martín Arjona, F.; 2009) que vincula el irreversible deterioro del estado de ánimo de Foster Wallace durante sus últimos días con la imposibilidad por reproducir (ya de vuelta en su casa de Claremont) el inigualable sabor del caldillo de conejo manchego.
(3) INGREDIENTES PARA COCINAR UN CALDILLO DE CONEJO (para 4 personas):
- 2 conejos (preferentemente de campo).
- 1- 1 ½ kg de patatas.
- 1-2 cebollas grandes.
- 1 pimiento (rojo o verde).
- 2 tomates.
- Laurel.
- Ajos (5-6 dientes).
- Pimentón picante.
- Aceite.
- Sal.
- Agua.
BONUS TRACK:
¿CÓMO PREPARAR UN CALDILLO? (Por don Sebastián De Lara, Presidente de la AGM -Asociación Gastronómica Manchega-)
Con los ingredientes señalados arriba, primero troceamos los conejos, pelamos las patatas y las cortamos en rodajas (de ½ a 1 cm aproximadamente). También troceamos el pimiento y la cebolla.
Acto seguido se sofríe el conejo con un poco de aceite y sal, y añadimos los dientes de ajo. Cuando estos comienzan a dorarse añadimos la patata, el laurel, el pimiento, la cebolla y el pimentón picante (al gusto), y lo rehogamos todo durante 2 o 3 minutos.
Finalmente cubrimos de agua y añadimos un par de tomates enteros. Dejamos a fuego medio hasta que veamos que el conejo y la patata están cocidos (unos 45-50 minutos). Probamos de vez en cuando para rectificar la sal y esperamos a que la patata esté cocida para triturar los tomates dentro del caldillo.
Retiramos del fuego y… listo.
¡Buen provecho!
(Pues eso)
lunes, 11 de abril de 2011
BREVES APUNTES SOBRE TÉCNICAS PARA EL INCREMENTO DE LA EFICIENCIA LECTORA
Últimamente (por circunstancias domésticas que no vienen al caso) mi rol de lector ha quedado constreñido a los escasos dos metros cuadrados de mi cuarto de baño, hasta el punto de que el ritmo de mis lecturas anda totalmente supeditado al número diario de mis deposiciones. El lavabo se ha convertido en una especie de estante donde el jabón y el cepillo de dientes conviven con una decena de libros y revistas que voy consumiendo a sorbitos (por no emplear otros términos más explícitos que deriven este post hacia territorios escatológicos y excrementicios).
Tal reducción de mi yo lector me ha llevado a poner en marcha un rudimentario autoanálisis (deformaciones de psicólogo, digo yo), con la esperanza de:
- Tomar conciencia acerca de mis preferencias lectoras actuales.
- Hallar un puñado de estrategias que me permitan incrementar un poco mi tiempo de lectura o, en su defecto, optimizarlo.
Con vuestro permiso me gustaría comenzar por el segundo punto. Ahí van cuatro, como botón de muestra:
1. Técnicas de personalización ergonómica (Orinar sentado): tras dos semanas de exhaustivos registros he comprobado que este simple cambio postural puede dilatar mi tiempo dentro del cuarto de baño hasta un 86 %. Y, en fin, a más tiempo sentado, más páginas leídas.
2. Estrategias de organización espacial (Hacer el amor sobre un lecho forrado con fragmentos literarios): con la aplicación de esta medida he conseguido leer mientras retozo con mi pareja. Por una simple cuestión temporal recomiendo los aforismos, el microcuento o la poesía (los haikus son perfectos para coitos fugaces), pues por experiencia sé que el hilo argumental de las novelas o determinadas piezas teatrales a veces se diluye entre polvo y polvo. Ahora bien, quisiera señalar que esta estrategia (de entrada muy romántica) en ocasiones puede tornarse poco práctica (mola mucho recitarle al oído a tu chica poemas de Benedetti en esos momentos tan íntimos, pero cuando como un servidor tienes dos enanos reclamando insistentemente tu atención, encontrar media hora de desfogue implica siempre una decisión excluyente: o recitas o follas).
3. Modificación de los hábitos y rutinas del sueño (Dormir con un ojo mientras lees con el otro): reconozco que todavía no he puesto en marcha esta estrategia, pero el padre de un amigo mío asegura que, antes de jubilarse, conducía así su autobús muchas noches mientras cubría el trayecto Algeciras - La Junquera.
4. Técnicas de condicionamiento encubierto (Sensibilización encubierta. Upper y Cautela): he comprobado que buena parte del escaso tiempo libre del que dispongo (de madrugada, una vez liberado de mis obligaciones familiares y laborales) suelo invertirlo en actividades tan poco productivas como fisgonear compulsivamente en Facebook o ver porno surcoreano. Creo que una forma eficaz de derivar estas horas perdidas hacia la lectura puede ser la sensibilización encubierta. Para ello es fundamental elegir un estímulo aversivo contundente (en mi caso, evocar la indescriptible sensación que sentía cuando de pequeño mi madre me limpiaba los oídos metiéndome el pico de su delantal previamente impregnado en abundante saliva). Luego basta con relajarse y aprender a asociar la situación agradable (una actriz porno, el perfil de alguna amiga buenorra) con el estímulo desagradable (mis oídos empapados de saliva caliente), y recrear la espeluznante escena un buen número de veces durante cada sesión. Si esto no es suficiente, siempre puedes favorecer la aversión al estímulo no deseado mediante el uso de determinadas ayudas (como la aplicación de pequeñas descargas eléctricas en el pene con una vulgar pila de petaca; o sumar a la imagen de tu madre hurgando en tus orejas la de tu bisabuelo expectorando como un poseso a dos centímetros de tu sopa). Esto es lo que se conoce como “sensibilización encubierta asistida”, y si con ella tu rendimiento lector no mejora es que o tienes muy poca imaginación o realmente estás muy pero que muy salido.
Estoy agotado. Otro día más.
martes, 22 de marzo de 2011
ANTICIPANDO LA CRISIS
Soy consciente de que los tres o cuatro incondicionales que siguen con cierta asiduidad mis desvaríos por este páramo habrán percibido un suave descenso en las entradas durante estos últimos meses. Podría excusar tanto abandono aludiendo a las limitaciones de mi intelecto (lo que no es ningún secreto), o a un repentino estado de apatía que hubiera hecho mella en mi organismo. Pero, de hacerlo, estaría faltando a la verdad. Pues no es pereza ni mediocridad lo que ha ralentizado el progreso de este blog, sino todo lo contrario. La tan temida crisis de los cuarenta ha empezado a hacer acto de presencia en un servidor, y desde hace unos meses no es que no quiera hacer cosas, es que quiero hacer cosas nuevas. Diferentes. No sé, siento que necesito plantearme nuevos retos, asumir riesgos que le den un nuevo sentido a mi vida. No quiero decir con esto que desde un tiempo a esta parte haya vivido encerrado en un cuarto de 2 m² para escribir durante quince horas al día la novela del siglo, o arrojar algo de luz sobre la fusión fría o el bosón de Higgs. Mis metas, para qué negarlo, han sido mucho más humildes, pero eso no quita para que juzgue estos últimos meses como un lapso de tiempo regido por el esfuerzo y las privaciones constantes (por no hablar de los innumerables sacrificios familiares). Tal vez por eso ahora estoy en disposición de valorar tanto lo conseguido. Y es que, tras ocho largos meses, he conseguido que mi sueño se haga realidad. ¡Por fin mis tortugas han realizado su primer Castell!
He de confesar que la idea primigenia surgió de modo espontáneo e involuntario, una tarde en casa mientras reproducía en mi portátil un vídeo sobre castells grabado semanas antes en la localidad barcelonesa de Vilanova i la Geltrú, con motivo de la celebración de la “Festa Major”. Recuerdo que yo estaba en la cocina, preparando una ensalada para cenar, cuando al sonido de las “gralles” y “timbals” observé impertérrito cómo los tres galápagos de mi terrario iniciaban un esbozo de agrupamiento vertical. Ustedes me disculparán si no desvelo los detalles técnicos del entrenamiento seguido con las tortugas desde aquel día (entre otras cosas, porque la experiencia ha sido admitida para publicación en una revista ucraniana de etología), pero adelantemos al menos que el mérito es consecuencia del diseño y puesta en marcha de un sofisticado programa de modificación de conducta (sustentado tanto en el condicionamiento encubierto, como en el control estimular y la alteración de los hábitos dietéticos de los galápagos).
sábado, 5 de marzo de 2011
SOJA Y LOMO EN MANTECA
Me dio el punto. Había ingerido tanta porquería durante mi estancia en Londres que nada más poner los pies en casita me propuse empezar a comer sano. Compré lechuga y tomates. Fruta. Hasta puse granos de soja en remojo. Y, justo cuando estaba a punto de iniciar mi particular andadura por los senderos de la alimentación saludable, mi madre se presentó en casa con un tapper enorme de lomo en manteca. Desde entonces mis desayunos, meriendas y cenas no destacan precisamente por su equilibrio nutricional. Pero, qué diablos, hacía años que no tomaba un buen tazón de café con unas tostadas de lomo en manteca como Dios manda.
martes, 1 de marzo de 2011
LONDRES EN 10 INSTANTES (Y 3)
SIETE: Chinatown (Whitcomb Street): Por 9,95 £ me doy un atracón tremendo de cerdo agridulce en el buffet de un restaurante chino.
La comida, sin embargo, me sienta tan mal que al cabo de un rato empieza a revolotear por mi estómago, y el malestar ya no cesa hasta que horas más tarde acabo de rodillas frente al váter de mi habitación. Debo señalar (para no faltar a la verdad) que entre el atracón de cerdo agridulce y la posterior pota caen varias Tsingtao y Tiger (suaves cervecitas que hasta entonces nunca había probado).
Eso, por no hablar del curioso botellón que mis simpáticos compañeros de viaje se inventan poco después de la cena en la habitación 39 del hotel. Allí, entre lingotazos de ron con Coca Cola y un montón de chistes pésimos, todos comprobamos que los milagros existen y que las fantasías más calenturientas a veces se hacen realidad, cuando en la ventana de enfrente una morenaza recién salida de la ducha empieza a mostrar sin pudor al mundo entero su hermoso cuerpo mojado. Yo, para qué mentir, desnuda sé que está porque así lo manifiestan mis alcoholizados compañeros, pues entre la situación de semi-aplastamiento contra la ventana a la que soy sometido por estos cuatro energúmenos y las dioptrías que voy acumulando año tras año, ver, lo que se dice ver, no consigo ver una mierda. Así que ahí me tienen, entornando los ojos como un gilipollas, sin lograr distinguir más que un bulto que igual puede ser la vecina que un armario o una cortina, mientras ellos no paran de dar detalles acerca de sus medidas, color de piel y hasta de un piercing plateado que al parecer brilla en su ombligo.
OCHO: Westminster Abbey (Victoria Street). Me encuentro a escasos metros de (lo que queda de) Darwin, Newton o Dickens, y al igual que me ocurrió hace años mientras paseaba en Florencia por las inmediaciones de la Basilica de Santa Croce (donde, entre muchos otros, reposan Galileo, Maquiavelo o Marconi), o me sobreviene cada vez que deambulo de madrugada por la judería de Córdoba (y me topo con la casa donde murió Góngora o vivió Garcilaso de la Vega), pienso en que ya se me podría pegar a mí algo del talento de toda esa gente ilustre, como si la excelencia se contagiara por proximidad. La realidad, sin embargo (pienso mientras ahogo mis penas ante una helada pinta de Strongbow), es que sigo siendo el mismo tipo mediocre de siempre, el mismo individuo gris que llegó a Londres hace unos días con la secreta esperanza de encontrar algunos de los lugares donde habían consumido su vida algunos de sus escritores preferidos. Había leído no sé donde que por toda la ciudad había repartidas más de 800 placas azules que señalaban al visitante curioso las casas donde una vez vivieron gente como Oscar Wilde, Virginia Wolf, Conan Doyle o Freud, de modo que me he pasado casi todo el viaje con tortícolis de tanto mirar hacia arriba, en busca de las dichosas plaquitas azules. Sobra decir que mi fracaso, una vez más, ha sido mayúsculo, y sólo cuando ya me iba camino del aeropuerto logré descubrir una placa en la misma calle del hotel, dedicada a Norman Lockyer (1).
NUEVE: Este instante es la suma de muchos pequeños instantes, materializados en las fotografías que he ido tomando de la ciudad durante estos días. Después de todo, qué otra cosa hace un turista en Londres sino echar fotos como un desquiciado (algunos, en el colmo de su estupidez, hasta las borran sin querer).
DIEZ: …
(1) Ya de regreso en casa, encontré algunos sitios interesantes para localizar muchas de estas placas. Para ver dos de ellos pincha aquí y aquí.
NOTA: Muchas de las fotos que aparecen en este “Londres en 10 instantes” no son mías, sino de mi amigo Sebas, quien no sólo me las ha prestado sino que además se las apañó para rescatar de mi tarjeta todas las que yo había borrado accidentalmente (¡Lo que hacen los ingenieros!). Como las fotografías incluidas en estos últimos tres posts son muchas, llevaría su tiempo señalar una por una su autoría, de modo que simplifiquemos el proceso diciendo que si la foto está bien hecha y es bonita, entonces es suya.
domingo, 20 de febrero de 2011
LONDRES EN 10 INSTANTES (2)
CUATRO: Junto a un Sainsbury´s (Paternoster square): Sentado en un banco de piedra, en mitad de una plaza con diez cámaras de seguridad por cada ser vivo, tomo una Henry Westons que me sabe a gloria después de no sé cuantos kilómetros encima y, sobretodo, de haber conseguido atravesar (a la tercera fue la vencida) el Puente del Milenio desde la Tate Modern y el Shakespeare´s Globe hasta St Paul´s.
Esta sidra, pienso mientras le doy el último sorbo, no desmerece en nada a la Magners (aquí Bullmers) o a la omnipresente Strongbow, y además me consuela del reciente dolor auto-infringido tras borrar accidentalmente de mi cámara las más de 200 fotos que llevaba hechas desde el viernes. Lo curioso viene cuando intento deshacerme del vidrio.
Miro a mi alrededor pero no veo ni rastro de papeleras o contenedores. Entro en el metro y lo mismo. Pienso si todo esto no será sino una medida encaminada a la prevención de posibles atentados. Lo cierto es que en el suelo y los asientos de los vagones hay bastante basura acumulada.
Al final, tras más de 3200 metros (según Google Earth, en línea recta y sin contar lo andado en los trasbordos) encuentro una papelera entre las obras de Picadilly Circus.
CINCO: Habitación 26 del Lord Jim Hotel (Pennywern road, 23): La noche del sábado decido quedarme en el hotel mientras mis compañeros de viaje (bendita juventud) se adentran en Southwark y desembolsan las preceptivas 15 libras que dan acceso a la Ministry of Sound (al parecer, una de las salas de tortura acústica más famosas de Europa). Me tumbo en la cama. Enciendo la tele. Echo un vistazo a los resúmenes de la premier. Unos minutos después emiten las mejores jugadas del Arsenal-Wigan. Pienso en lo distinto que parece un partido de fútbol cuando lo ves en el campo y luego por televisión. Entre gol y gol de Van Persie enfocan fugazmente el palco del Emirates.
Semiescondido en una esquina se distingue a Beckham charlando con uno de sus hijos.
SEIS: The Camden Market (Camden High Street): Qué puedo contar de este lugar. Calles y calles repletas de mercadillos y locales de comida rápida. Mucho turista. Mucho pijo disfrazado de activista antiglobalización, dispuesto a fundirse en un santiamén el 0,7 del presupuesto asignado por sus papás en ropa guay.
Deambulo entre los puestos de ropa. El aire huele a comida china, a gofre, a curry. Entro en una zapatería. Debe haber como cincuenta Converse y me gustan todas. De camino a Camden Town compro una camiseta de Mr T.
(Ahora que lo pienso creo que, si exceptuamos lo consumido en sidra y en comida basura, las 8 libras que he pagado por esta prenda han constituido mi único gasto londinense).
lunes, 7 de febrero de 2011
LONDRES EN 10 INSTANTES (1)
UNO: Barajas (T1). El avión a Luton sale con tres horas de retraso. Según me cuentan en información, esto es algo habitual en este vuelo, que por ser el último acumula las demoras de todos los anteriores. Como compensación por la espera (¿?) nos ofrecen una Coca Cola y un sándwich de bacon y huevo a cada pasajero.
He de reconocer que el sándwich, al menos, justifica por sí solo el retraso, y no porque esté especialmente rico, sino porque (si hacemos caso a los ingredientes que dice poder contener) debe ser una de las comidas más completas y equilibradas que haya probado en mi vida.
La pegatina con información nutricional del sándwich me recuerda a otra muy graciosa que leí la otra tarde, al abrir un pedido de libros que acababa de llegarme por correo.
(Curioso que Casa del Libro lleve distribuyendo libros por Internet desde 1923, cuando la primera conexión de computadoras, realizada entre tres universidades de California y una de Utah, se realizó en 1969).
DOS: Lord Jim Hotel (Pennywern road, 23, 25). Si el hotel está sólo la mitad de bien que el libro de Conrad ya me puedo dar por contento, pienso mientras el autobús a Victoria atraviesa Londres de madrugada. Una vez allí…
TRES: Emirates Stadium (Hornsey road). Después de toda la mañana deambulando por los lugares que uno suele frecuentar cuando está de visita en una ciudad como Londres, cojo en Leicester square la “Picadilly” hasta “Arsenal”. Los gunners juegan hoy contra el Wigan. La verdad, no tengo muy claro lo de conseguir una entrada. Tal vez por eso, antes de lanzarme como un desesperado a la caza de un reventa, decido reponer fuerzas en un chiringuito próximo al estadio. La hamburguesa con bacon y cebolla tiene toda la pinta de ser un coctel explosivo de colesterol y triglicéridos, pero mi estómago parece haber asumido ya que esto es lo que va a encontrarse durante los próximos días, y al final el trozo de ¿carne? me sienta estupendamente. Luego todo pasa muy rápido. Resumamos la tarde diciendo que sí, que finalmente consigo una entrada y que no tengo que esbozar ante el portero la cara de gilipollas que he estado ensayando desde entonces (por si la entrada resultaba ser falsa).
Eso, sin olvidar el “momento idiota” del día (que casi me cuesta la vida) cuando, tras marcar Van Persie el primero de sus tres goles, salto de mi butaca con los brazos en alto ante el gruñido contenido de mis compañeros de asiento. Es entonces cuando descubro (¡cómo puedo ser tan despistado!) que el reventa (¡qué mamonazo, lo mato!) me ha vendido una butaca justo en el epicentro del sector donde la policía ha ubicado a los hinchas del Wigan (y el caso es que ya me extrañaba a mí que allí los forofos fueran de azul y no de rojo, jeje).
miércoles, 19 de enero de 2011
CHIVASSO
Trasteando la otra mañana en mi móvil descubrí un archivo de audio grabado hace casi tres años en Chivasso, una ciudad italiana situada a escasos kilómetros de Turín. La grabación en sí constaba de casi tres minutos de absoluto silencio, sólo interrumpido por las campanas del Duomo y, casi al final, por unos pasos lejanos que atravesaban con ligereza la Piazza della Repubblica.
Todos hemos oído mil veces eso de que una imagen vale más que mil palabras. Alguna vez incluso he escuchado lo contrario: que una palabra es capaz de evocar por sí sola multitud de imágenes. En lo que a mí respecta, quisiera añadir que hay también sonidos (o silencios) que albergan en su interior instantes imposibles de explicar con mil palabras o mil imágenes. Esta pequeña grabación, en concreto, me ha devuelto un universo entero de matices que las fotografías habían sepultado entre las tapas del álbum de ese viaje. No sé… el placer de dejar pasar las mañanas sentado en un banco de la plaza, sin otra meta a corto plazo que buscar un poco de sol que calentara el carro donde dormía mi hija pequeña; el trasiego de la gente dejando tras de sí un rastro de palabras en otro idioma; o una abuela escrutando sin prisas las curiosas esquelas del tablón de la funeraria local.
jueves, 6 de enero de 2011
LA INVOLUCIÓN DEL SPAM
A estas alturas de la película uno ya está acostumbrado al correo basura que abarrota su bandeja de entrada cada mañana, cuando enciende el ordenador. Incluso se ha preocupado de activar algún que otro filtro antispam que deriva (y condena) todos esos mensajes electrónicos al limbo del correo no deseado.
Hace unos días, sin embargo, asistí impertérrito a la manifestación de una nueva modalidad de spam. Aunque, para ser sinceros, no sé si calificar este suceso de evolución o de involución, pues la cadena que debía seguir (so pena y riesgo de caer en la ruina y desgracia más absoluta) no me llegaba por email, sino que había sido anónimamente depositada en el buzón de casa.
Los que de tarde en tarde deambuláis por este páramo sabéis que no soy muy dado a expresar mis opiniones, de modo que entenderéis si hoy también me abstengo de especular si la virgen del Carmen (con la que está cayendo) tendrá o no tendrá cosas más importantes que hacer que vigilar si un simple mortal, que sobrelleva como puede su mediocre existencia en el corazón de La Mancha, reza su oración y distribuye veintinueve copias de la misma antes de nueve días, y si hacerlo o no hacerlo puede convertirlo en millonario o condenarlo a la peor de las miserias (1). Por supuesto, no pienso aclarar si recé o no recé la oración, y mucho menos si escribí y mandé las veintinueve copias. Aunque, qué demonios, todavía estamos en Navidad, y es sabido que en Navidad todos sacamos a pasear al tremendo iluso que llevamos dentro. Sirva pues como pista (y regalo de Reyes) que el 22 la lotería tocó en el pueblo y que uno pilló su pellizquito.
Como no tengo el placer de conocer a ninguno de los dos o tres lectores asiduos de este blog, me es imposible hacer lo que en un primer momento me dictó mi mente: compartir con ellos, en señal de agradecimiento, el premio. De modo que he decidido (seguro que ellos/as lo entenderán) dedicar ese dinero a ahogar mis penas durante unos días en el extranjero, y a ellos dejarles algunas fotografías de otras “perlas” que de tarde en tarde encuentro en el buzón y que, desde hace muchos años, atesoro como oro en paño entre los libros de mi biblioteca.
(Este es, hasta la fecha, el más cutre que he recibido: publicidad ofreciéndose para dar clases particulares a niños. Impagable)
(1) Una vez más el azar ha hecho que, al tiempo que alguien dejaba la oración de la Virgen del Carmen en mi buzón, yo anduviese enfrascado en el estudio de las creencias y rituales existentes en algunos pueblos de África. En concreto, en el poder que los oráculos del veneno tenían en la vida cotidiana de los azande. A mí me ha resultado cuanto menos curioso el paralelismo existente entre los miembros de este pueblo (cuyas vidas dependían en gran medida de si un pollo moría o sobrevivía a la ingestión de un veneno durante el ritual) y las personas que, a diario, continúan las cadenas pseudoreligiosas que llegan a su s manos. En cualquier caso, para interesados en el tema (y afortunados, pues el libro no es nada fácil de encontrar) recomiendo “Brujería, magia y oráculos entre los azande”, de Evans-Pritchard (Ed. Anagrama). Una parte sustancial de este texto puede también localizarse en “Antropología y colonialismo en África subsahariana”, de Nuria Fernández Moreno (Ed. Ramón Areces).
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